Luis Carlos Peris.– Quinto capítulo de un serial encaminado a desempolvarle a las generaciones que vinieron después una Feria como no recordamos otra, la de 1967. Y en un ciclo tan rico en brillantez, la cima se ubica en el jueves de farolillos. Se han desbocado todas las previsiones, el papel se acaba con antelación y es que reaparece en Sevilla tras seis años ausente Antonio Ordóñez, natural de Ronda, pero criado en Sevilla.

En chiqueros, seis toros de garantías. En aquel tiempo, el hierro de Benítez Cubero se lo rifaban los mejores del escalafón. Por eso, un cartel tan rematado. Nada más y nada menos que Miguel Báez Litri, de azul pavo y oro, Antonio Ordóñez, de grana y oro, Curro Romero, que aparece vestido de canario y plata para sorpresa de cuantos nos teníamos por conocedores de los gustos del camero.

Tarde de puro y clavel, pero a medida que avanza la tarde se hace imprescindible la gabardina. El cielo se va ennegreciendo y en el patio de cuadrillas, Litri dice: “Vengo de Huelva y la lluvia me ha acompañado durante todo el camino”. “Joder, ni que seas el Hombre del Tiempo”, le responde Ordóñez. Pues no andaba descaminado Miguel, ya que empezó a llover en el paseíllo y ya no paró hasta la madrugada.

Abre plaza Berenjeno, negro bragado, y Litri lo lancea con apreturas y bastante brillo. Cuajan un gran tercio Luis González y Finito de Triana en banderillas, saludan destocados y se va Miguel a los medios para brindarle al público. Y allí en los medios cita con la muleta en la espalda para sacársela al toro cuando está llegando a su jurisdicción. Ha surgido el litrazo para que todo siga entre clamores. La pena es que los aceros no viajan con efectividad y todo queda en una sostenida ovación que Miguel agradece desde el tercio.

El segundo de la tarde atiende por Corcherito y es negro zaíno. Ordóñez lo recoge y lo torea a la verónica, con esa verónica con las palmas de las manos que el rondeño bordaba. En el quite aumenta el temple y aquello va encarrilado para que la faena de muleta sea un monumento al arte de torear. Suaves doblones por abajo, redondos interminables y plenos de empaque, naturales naturalísimos y pases de pecho monumentales. Pincha y mata en el rincón, por lo que el premio se queda en una oreja que el de Ronda pasea orgulloso, mayestático y gustándose.

El festejo está encarrilado pero se desacelera con Chispa, un negro listón que le da pie a Curro para lucirse con el capote, pero que se raja en la muleta demasiado pronto, por lo que el brillo se queda para mejor ocasión. No obstante, el torero, que anda de luna de miel con Sevilla, es ovacionado.

El cuarto se llama Chispita, es negro, bragado y salpicado. Litri se rebuja con el capote, banderillean con brillo Luis González y Juani Vázquez como preludio de un faenón made in Litri. Toda la tauromaquia del Gran Miguel de Huelva sale a relucir, se demora con el descabello y sólo una oreja acaba en su esportón. Vuelta al ruedo clamorosa con el dato anecdótico de que uno de sus paisanos le arroja un choco, que el torero pasea ufano.

Con el quinto, el desiderátum. El toro se llama Chulito y pesa 607 kilos. Ordóñez lo cuida con el capote y Curro Romero le hace un quite de ensueño que pone aquello a revienta calderas. Tal es el entusiasmo que cuando se va al callejón tras el tercio de banderillas es nuevamente aclamado. Ordóñez le brinda a Utrera Molina, el gobernador civil que está en una barrera junto a Orson Welles. Inenarrable la faena del rondeño con ayudados, redondos, de pecho, adornos llenos de marchosería y borrón con la espada. No obstante es obligado a dar una clamorosa vuelta al ruedo.

…y Curro. No había podido brillar en el tercero, pero quedaba Duqueso y como quien tiene el duro puede cambiarlo en cualquier momento, llegó ese momento. Alboroto con el capote y una de las mejores faenas en la vida del Faraón con especial hincapié en cómo interpretó el toreo con la mano izquierda en unas serie de naturales inmaculados, cogidos muy delante y llevados hasta detrás de la cadera. Ayudados llenos de majestad, de pecho o trincherillas para cerrar el círculo, pases de la firma o kikirikíes, un portento de faena. Una de esas faenas que no parecían obra humana y que fueron el soporte para la creación de un mito. Lamentablemente, la espada no funcionó, mató a la última y cuando el toro cayó se echó mucho público al ruedo para sacar a los tres héroes en hombros por la puerta de cuadrillas.

Ocurrió el 20 de abril de 1967, jueves lluvioso de Feria y fecha que desde ese momento entró de pleno derecho en el apartado de hito histórico. La gente salió literalmente toreando Adriano abajo y arriba con el añadido de ilusión que representaba el que tanto a Miguel como a Antonio y a Curro aún le quedase una tarde en aquella Feria. Ciclo extraordinario que tuvo en este jueves su punto candente, en esa tarde en que ni siquiera la pertinaz lluvia que no dio una sola tregua fuese obstáculo para la contemplación de tres tauromaquias distintas.