Antonio Lorca.- La corrida fue un pestiñazo de los gordos; una constatación más de lo poco que dura la alegría en la casa de los aficionados a los toros. Un triunfo tras otro no debe ser bueno para el corazón, y quizá, por eso, la de ayer fue una tarde de penitencia, una de esas en la que se pone a prueba el nivel de afición de cada cual.

La corrida de Adolfo Martín fue un fracaso sin paliativos; bien presentada y astifina, eso sí, pero sin alma brava. Muy mansa, en líneas generales, en el primer tercio, a excepción, tal vez, del segundo y tercero, pero muy descastada, sin clase, áspera, sin recorrido y sin casi nada en las entrañas. Una corrida para olvidar.

En consecuencia, hubo pocos momentos para el recuerdo; pero quedan dos y ambos son importantes.

El primero es una nueva lección de torería de ese artista transfigurado llamado Antonio Ferrera. Volvió demostrar que posee una admirable capacidad y conocimiento en la cara de los toros, que ha aprovechado, y muy bien, el año y medio que estuvo de baja por la fractura de codo, y que en este momento es uno de los pocos toreros realmente interesantes para el aficionado por su sentido de la lidia, su colocación, su variedad, su firmeza y, sorprendentemente, su naturalidad.

Ayer, por ejemplo, se las estaba viendo con su primero, soso, sin fijeza ni calidad, que embestía con la cara a media altura y no le quitaba ojo al cuerpo del torero con la insana intención de levantarle los pies del suelo. Pues por allí andaba Ferrera con una seguridad asombrosa, como si estuviera en la plaza de tientas. Y ese mismo toro le había rasgado la taleguilla de un pitonazo en la segunda verónica con la que pretendió recibirlo pegado a tablas.

Pero lo mejor llegó en el cuarto, que derribó con estrépito en el primer encuentro con el caballo, se orientó en banderillas y puso en apuros a la cuadrilla. Rajado llegó al tercio final, huidizo, negado para embestir, absolutamente inservible para la lidia.

Sin embargo, tenía delante un torero. No se conformó Ferrera con actitud tan displicente del toro, y lo tocó por allí y por acá, le mostró la muleta de mil formas distintas -y el toro, que no y que no-, hasta que, en el quinto o sexto intento, le robó dos naturales que supieron a gloria; instantes después, le siguieron otros dos con sabor a torería, y una trincherilla y el obligado de pecho que despertaron los olés en los cansinos graderíos. Y aún hubo algún muletazo por el lado derecho, y un par de naturales más…

Nadie acertaba a entender dónde estaba el truco de este mago de la lidia. Porque eso fue, toda una suerte de magia para hacer embestir a un animal que parecía imposible para el toreo. Pero había sido tan exigente el análisis, tan detenido y largo el estudio del toro, que el tiempo se le echó encima, falló con el estoque y a punto estuvo de que le devolvieran el toro al corral.

No fue así, menos mal, y quedó el regusto de una lección de auténtico mago del toreo.

No tuvo mejor suerte Escribano con un lote inservible, cortísimo de ánimo y más propio de una manada de bueyes. Esa era la actitud de su primero, que no tenía un pase; y muy valiente se mostro ante el sexto, parado y deslucido, ante el que expuso más de lo debido habida cuenta del poco rédito que podía ganar.

A ese toro le puso el par de banderillas -el segundo recuerdo- de muchas tardes; el torero, subido en el estribo de la barrera; a pocos metros, muy cerca, el toro, y el encuentro resultó ceñidísimo, y muy apretada la llegada al burladero. Un par en el que se lo jugó todo, y salió indemne de milagro. Ferrera y él había competido en el segundo tercio en sus primeros toros de manera muy discreta, y Escribano subió el nivel ante el sexto.

Bautista aburrió en demasía ante el quinto, un inválido muy protestado, al que se empeñó en muletear contra el criterio de los tendidos; y nada dijo ante el noblote segundo, tan suave como soso.

Toros de Adolfo Martín, bien presentados, muy mansos, descastados y deslucidos.

Antonio Ferrera: pinchazo y estocada trasera (silencio); pinchazo -aviso- tres pinchazos -2º aviso- estocada baja y dos descabellos (palmas).

Juan Bautista: tres pinchazos y media (pitos); media (silencio).

Manuel Escribano: estocada trasera y baja (silencio); estocada baja (silencio).

Plaza de Las Ventas. Trigésima corrida de feria. 9 de junio. Casi lleno (21.796 espectadores). Se guardó un minuto de silencio en memoria del joven Ignacio Echeverría.