Nuevos tiempos para todo. También en la actitud de un público populista que pidió la devolución de toros mansos y orejas a destajo para la terna. Si esto satisface a la nueva empresa, pues muy bien. Pero está en juego el prestigio de la plaza y no caben concesiones que permiten el deterioro de la misma. El público de aluvión modifica la calidad de la plaza. Se cortaron cuatro orejas. Ese balance no refleja la realidad de la tarde. Hubo peticiones desaforadas y concesiones sin medida por parte de un palco desorientado y dadivoso. Ese mismo palco admitió una corrida terciada de Garcigrande, con algunos toros sin suficiente presencia para Sevilla, como los lidiados como primero y tercero, con unos perfiles mínimos por delante, inaceptables para esta plaza. Se impone mayor exigencia en la presentación de las corridas.

La tarde estuvo dominada por la psicosis que provoca Morante de la Puebla, que tiene un fundamento en su excelsa tauromaquia, pero que sobrepasa un análisis riguroso. No fue posible con el descastado primero, pero el delirio, el frenesí, la hipnosis colectiva llegó en el cuarto. En el saludo con el capote hubo una primera fase más acelerada, un desarme y ya de vuelta algunas verónicas de compás clásico con media para el recuerdo. Volvió a dibujar la verónica clásica en el quite. Juan José Domínguez le enseñó la bondad del toro. Morante lo sacó de las tablas andando en torero. Un primor. Ya fuera de las rayas se la puso por la derecha para torear con clasicismo. Dos derechazos fueron de escándalo. Otra más con la diestra con tres muletazos y el de pecho. Otra más a derechas con buena clase. Y cuando tomó la izquierda, el toro estaba muy apagado y no hubo nada que contar. Se fue por la espada y lo mató de una buena estocada. El público, mitad ensimismado, mitad desorientado, pidió las dos orejas que el palco, también obnubilado en clara hipnosis, concedió de forma absurda. Con una oreja hubiera sido suficiente. La ausencia de toreo al natural le hace perder fuerza. Pero Morante vive un momento de conexión máxima con el tendido, se le canta todo, lo muy bueno, que es mucho, y lo menos bueno.

Sobre el palco, quede la advertencia personal de que se excedió al conceder la segunda oreja. La plaza de Sevilla no puede ser una verbena generosa en la que se logran los premios con facilidad. Dicho lo cual, Morante dejó perlas toreras de una calidad insuperable, pero la segunda oreja sobraba.

Roca tropezó con un toro que pidió calidad y rehuyó de la violencia. En los quites, Miranda y el propio Roca le dieron fiesta y le robaron energías para el final. La faena fue voluntarista, de toques fuertes, de poder sin suavidad. Había comenzado de rodillas y acabó con bernadinas. Todo el toreo moderno ante un toro que pedía caricias. 

Pasado el terremoto emocional de Morante, el peruano toreó con sus armas reconocidas al quinto, que fue noble. Se llevó el lote de Garcigrande. Lo sometió, lo fijó, le dejó la muleta en la cara y ligó por abajo muletazos de mucha derecha y una sola con la izquierda. Faena de obligar y someter mucho a un toro bondadoso y obediente. Todo con pases de pecho enormes, propios de la casa del torero andino. Eso y una estocada, una oreja. En el fervor de la tarde, una parte de la plaza pidió la segunda. A este paso la feria que nos espera es preocupante. 

David de Miranda tuvo muy mala suerte. El tercero fue manso de solemnidad y no se tragó más que algunos muletazos sueltos.  Fue un esfuerzo inútil. El sexto fue devuelto. Además de manso, tenía pocas fuerzas y se partió la punta de un pitón. El sobrero no fue gran cosa. Mansito, sin recorrido, todo hacía presagiar una labor de trámite para el de Trigueros. Se fue al centro para recibirlo con unos estatuarios. En el primero de ellos, fue cogido y lanzado a gran altura. En el suelo lo corneó con saña. Parecía herido, pero se repuso, le echó un valor descomunal a una faena inventada, acabó con manoletinas y lo mató a la primera. Fue una oreja cogida con alfileres, también propia de la generosidad de la plaza y del palco, pero en este caso llegó a las manos de un valiente sin cuento.

La realidad de la tarde está muy por encima de las cuatro orejas. El palco pecó de generoso y aprobó una corrida al límite. El deterioro de la plaza es más que evidente. Todo ello, envuelto en una tarde de psicosis morantista, que puede ser buena en estos momentos, pero que desvirtúa lo que aconteció en el ruedo.

Plaza de toros de Sevilla. Domingo de Resurrección. No hay billetes. Seis toros de Garcigrande, el sexto como sobrero, terciados, flojos, descastados y con cierta nobleza segundo, cuarto y quinto.

Morante de la Puebla, de negro y azabache cristalizado. Estocada desprendida (silencio). En el cuarto, estocada (dos orejas).

Roca Rey, de tabaco y oro. Pinchazo y estocada caída (saludos). En el quinto, estocada trasera (una oreja).

David de Miranda, de celeste y oro. Media estocada y cuatro descabellos (silencio). En el sexto, estocada trasera (una oreja).

Asistió desde un palco de la Maestranza el Rey Emérito Juan Carlos I, al que la terna brindó sus primeros toros. Minuto de silencio por Rafael de Paula, Álvaro Domecq, las víctimas de Adamuz y Ricardo Ortiz. Sonó el himno nacional antes del paseíllo. El sexto fue lidiado como sobrero por otro del hierro titular que era flojo y se despuntó el pitón izquierdo.

sevillatoro.es
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