Manzanares_Sevilla 24-4-15Álvaro Pastor Torres.- Y exigencias mínimas. El titular, que suena a lenguaje juvenil de últimos cursos de bachillerato o primeros de facultad, se lo debo a María Mercedes, la guapísima hija de Curro, mi vecino de localidad. Ya en los inicios del festejo la chica lo vio claro, quizá por esos ojos verdes como la mar -y como los de su señora madre- que llegan hasta donde otros solo intuyen.

Viernes de feriasevilla en la plaza de toros: día nacional del aplaudidor, y sobre todo de la aplaudidora docta en lecturas de semana junto al tocador de la peluquería. El público de aluvión, ágrafo en materia taurina y docto en cubateo y bagatelas varias, colapsaba aún las bocanas de los tendidos tras la muerte del segundo, pues la feria y el gintonic casan poco con el reloj y la puntualidad que es sagrada en este rito de la vida y la muerte. Todo se aplaudía, ya fuera la simulación de la suerte de varas; un cantiñeo flamenco a mitad de faena; el rápido inicio del pasodoble -el maestro Tristán, como todo hijo de vecino tiene sus filias y sus fobias, ya lo dejó escrito una vez el maestro Javier Villán en un memorable texto centrado en la expresión “entenderse”-; los mantazos disfrazados de muletazos en terrenos de la solanera; los pases a distancias siderales; los descabellos y, no se vayan que aún hay más, hasta los avisos. ¿Será por aplaudir? Pero claro, según a quién, por aquello de la importancia de llamarse Ernesto o Josemari y apellidarse Rivera.  El cañailla Galván, de la Real Isla de León, tuvo que arrimarse mucho en el sexto y recibir una muy seria y dramática voltereta para que el común de la plaza lo tomara en consideración. Paradojas de la vida y la incultura taurina: después toreó peor y le aplaudieron más, sobre todo por un arrimón de infarto.

Napoleón, cuando se escapó de la isla de Elba para iniciar el impero de los 100 días, lo hizo porque muchos de sus partidarios se lo pidieron. Luego es verdad que la cosa acabó como acabó y lo mandaron más lejos todavía. Ignoro las razones de la vuelta de Rivera Ordóñez, pero en el mundo del toro, desde luego, no había un clamor general que la demandara. Tampoco la de su hermano. Verdad es que venía vestido como pocos lo han hecho este año. Hizo el paseíllo enfundado en un capote de paseo en terciopelo verde con la imagen bordada de la Esperanza de Triana, hermandad a la que aspira ser hermano mayor, como  su abuelo, aunque la cofradía de Antonio Ordoñez siempre -desde que tenía 13 años- fue la Soledad de San Lorenzo. El hijo de Paquirri ceñía un precioso y muy bordado terno de color Tres Caídas y oro, algo que se agradece en una época de trajes livianos y bordados a granel. Lo demás, para olvidar, en especial ese golpe con el estoque al toro en un momento de enfado, algo que terminó de soliviantar al personal que fue rebajando considerablemente a lo largo de su actuación el nivel de aplausos.

Cuvillo mandó la típica corrida de tres (serios) y tres (en dos palabras in presentables), pero con el interés de que sus astados tenían ideas propias, a excepción del nobilísimo segundo, un carretón que permitió al de Alicante hacer su toreo fundamentalmente diestro, esencialmente despegadillo y eminentemente estético, ante el delirio de la plebe. Estuvo mejor en el quinto, un castaño astifino que en cuanto se escantilló le recordó que en la plaza hay que andarse con cien ojos. O solo con dos, pero como los de mi vecina de asiento.

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