Pepe Luis Vázquez Silva - AlternativaLuis Carlos Peris.- El hijo del gran Pepe Luis Vázquez llegaba a la alternativa siendo considerado como el heredero al trono de Curro Para ese día, su tío Manolo se preparó para una vuelta que resultó muy fructífera

Para siempre en la memoria la expectación levantada al conjuro de tres toreros sevillanos. Uno que llegaba, otro que volvía y el más deseado de todos por una afición que hubiese necesitado dos plazas para que nadie se quedara sin ver el acontecimiento. Era Domingo de Resurrección de 1981 y curiosamente caía un día antes, 19 de abril, que el de este año para que, sin embargo, la Feria se celebrara en su fecha para que mayo sólo viese su remate.

Tal expectación venía creada por la alternativa del chiquillo de Pepe Luis, que traía en vilo a Sevilla sólo con la idea de que pudiera rememorar lo que el padre había significado en el firmamento taurino en general y en el sevillano muy en particular. En el recuerdo muy fresco, el percance sufrido la tarde su debut ante un toro de Ibán y que se temía hubiese hecho mella en su carácter, plagado de timidez y de inseguridades.

Para esa alternativa se había preparado a conciencia el tío de la criatura, ese Manolo Vázquez que llevaba doce años sin vestirse de torero y que había pasado una temporada de tentaderos en México animado por Curro Romero. Entonces, la amistad de ambos parecía indestructible y de tierras aztecas volvió Manolo rejuvenecido y con ganas de meterse en la aventura de una reaparición que a esas alturas de una vida que había cumplido ya el medio siglo resultaba asaz inquietante.

Y volvía para hacer matador de toros a un hijo de su hermano mayor, de aquel Pepe Luis que hacía soñar a Sevilla cada vez que se anunciaba en su amarillo albero. Y para ello se vistió de grana y oro, que es traje de torero macho, tras llevarse una docena de años sin vestirse de torero. La ceremonia de la alternativa estuvo llena de emotividad. Manolo le entregó los trastos a su sobrino tras un sentido parlamento: “No quiero que veas en este momento a tu tío, sino a ese fenomenal torero que fue tu padre. Como no ha podido ser él quien te diera la alternativa quiero que veas en mí la figura de tu padre. Te deseo toda la suerte del mundo para que seas figura del toreo”, le dijo.

Pero Manolo aparcó la familiaridad no más le llegó su turno en el segundo juampedro de la tarde. Entendió a la perfección lo que ambos enemigos llevaban dentro para sendas faenas en las que brilló la autenticidad y sin que apareciese la hojarasca de la bisutería torera. La plaza, que había acudido a la cita más por el tirón del eterno Faraón y por la ilusión que despertaba Pepe Luis, se le fue entregando poco a poco para que ahí germinase un noviazgo en la madurez, años, muchos años, después de que la relación entre Sevilla y Manolo no hubiese alcanzado la temperatura ideal.

Cuajó ambos toros en faenas inusualmente medidas, pues ya en ese tiempo aparecía la moda de las faenas kilométricas que hacen que la corrida de toros sea uno de los espectáculos más largos y, a veces, más insoportables y tediosos. Con el sentido de la medida adecuado, Manolo cinceló lances de ensueño y muletazos de frente y con la muleta plana que levantaron la tarde y que hicieron concebir la esperanza de una reaparición que no tuviese la fugacidad que se le presumió cuando se creó.

Dolorosamente desacertado con los aceros, la tarde se le quedó al Brujo en su retorno en dos sentidas ovaciones que el veterano diestro de San Bernardo acogió con la sensación de que la cuerda no se le había acabado a su carrera. Y eso quedaría palmariamente demostrado en aquel Corpus fantástico de ese año con Curro y Paula.

La corrida de Juan Pedro no tuvo chicha ni limoná. Pepe Luis no se desembarazó de su innata timidez en toda la tarde. Hizo un gran esfuerzo en su primero, aguantando media docena de embestidas con guapeza, pero a la siguiente desistió y se fue a por la espada para escuchar palmas desde el tercio. Con el último del festejo, de nombre Desesperado, estuvo pero no estuvo. El toro no tenía fuerza y el presidente no accedió a sacar el pañuelo verde. Y como el pozo no tenía agua y José tampoco es un zahorí, tiró a abreviar y a esperar a otro día.

Hizo concebir muchas esperanzas Curro Romero al recibir al tercero de la tarde, primero de su lote. La verónica según Curro brotó en toda su expresividad con cuatro lances y una media que volvió majareta a la plaza. No tuvo suerte en el sorteo, pero no fue excusa, sino la verdad. En su primero anduvo insistiendo, pero no hubo forma. El quinto era un pájaro de mal agüero, sabía qué se dejaba atrás y tiró por la calle de en medio. Quien no esté en los arcanos del faraónico camero debe saber que eso significa quitárselo de encima sin más, por la vía más o menos.

Y la tarde se fue como tantas y tantas como jalonan la historia del toreo, sin dar lo que se esperaba en las vísperas. Una vez más, el dicho de corrida de expectación, corrida de decepción se cumplía. Pero no absolutamente, ya que Sevilla había tenido la oportunidad de reencontrarse con un torero con el que pocas veces antes había coincidido. La nostalgia del pasado pudo con la ilusión del presente y ahí arrancó la segunda parte de una historia tan brillante como la que escribió Manolo Vázquez.

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