Luis Carlos Peris.– No va más. Llegamos al momento en que nos damos de cara con la tarde en que el noviazgo rompió en boda de las de antes, de las de hasta que la muerte nos separe. Y ya aquí se agotan los calificativos, todos son pocos en el recuerdo de la tarde aquella en que la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla se iba a convertir en un manicomio desde el paseíllo hasta que el sumo sacerdote que ofició el rito iba a hombros de Sevilla por las calles de Sevilla.La historia de este singular acontecimiento la genera José Ignacio Sánchez Mejías con la colaboración de Diodoro Canorea. El apoderado, tras una Feria poco propicia para Curro, plantea una revancha en forma de encerrona. Y así, antes de que haya hecho un mes del agravio llega el desquite. Y es que a Curro, en su última corrida de Feria, le han dicho una guasa que le ha escocido. Con Camino dispuesto a quitar por chicuelinas en el sexto, una voz salió del tendido estentórea. “¡Curro, ya vendrá el verano!”. Era eso un eslogan televisivo muy de moda para el anuncio de un frigorífico y le dolió.

Pasaban los días y surgían ideas para adobar el espectáculo mirando a la taquilla. Primero se pensó en que lo abriesen Ángel y Rafael Peralta; más tarde en que la pareja de banderilleros de moda, Julio el Vito y Luis González, pareasen a los seis. Pero Curro dijo que nones y que él iba a acaparar todo el protagonismo.La primera impresión fue excelente, pues las entradas se agotaron en unas horas para que el anhelado cartel de “no hay billetes” presidiese el frontispicio de las taquillas de calle Zaragoza. La cosa iba superior y cuando Curro, de azul y oro, aparece Sevilla es un clamor que lo empuja al triunfo. Quizá proceda a relatar la actuación para que estas generaciones tomen conciencia de lo que fue aquello. El primer toro se llamaba Majuelo y era negro como todos sus hermanos. Derribó al caballo y Curro lo cambió con un solo puyazo. Brindó a la plaza y la faena fue como un aperitivo para lo que había de pasar. Faena en la que aunó empaque y filigrana, finura, majestad y mucha variedad. Estocada fulminante y primera oreja al esportón.

El segundo atendía por Placentero y tenía bragas. Como en todos los toros, la cuadrilla sólo intervino en el segundo tercio. A todos los paró Curro entre las rayas y éste fue tres veces al caballo para que Antonio Duarte y Alfonso Muñoz banderilleasen con premura. Ayudados por bajo y por alto, redondos inacabables, otro espadazo y las dos orejas. En pleno paroxismo, la vuelta al ruedo es un clamor.

El tercer toro se llama Pachón y en el recibo le salen a Curro por las muñecas unas verónicas de ensueño. Invita al sobresaliente, José Morán Facultades, a que haga un quite y éste se luce. El toro tiene poca fuerza y la faena ha de desarrollarla toda a media altura, que hay que ver cómo toreaba Romero a media altura… Lo mata bien y otra oreja más.

El cuarto, de nombre Señorito, es el garbanzo negro de la corrida murubeña. Flojo de remos, se queda debajo, no pasa, y el público le pide a Manuel Zambrano, el usía, que sacase el pañuelo verde. Curro apeló a molinetes, ayudados y desplantes para despenarlo de media al encuentro. En este toro no hubo trofeos y sólo pudo dar la vuelta al ruedo.

La tarde estaba embalada, pero lo mejor estaba por llegar. Lo que Curro Romero, natural de Camas y torero de Sevilla porque Sevilla así lo quiso, cuajó en los dos últimos toros sólo puede comprenderse desde la ensoñación. A Lentisco lo lanceó a la verónica para saludar desde los medios montera en mano, se lo brindó a su partidaria María Teresa Pickman y, tras una sinfonía torera, paseó las dos orejas en una vuelta al ruedo en la que se hizo acompañar del mayoral de la ganadería de Juan Gómez.

Y si para lo del quinto no hay palabras, lo que cincela con el que cerraba la tarde, Pesador, fue el culmen de una tarde irrepetible. Con el capote estuvo de tal manera que cuando remató el quite con una larga cordobesa tuvo que dar la vuelta al ruedo. La larga cordobesa de Curro la explicaba así José Bergamín: “El torero en la larga no se larga, se queda, y no se queda corto ni largo, sino justo, exacto, medido, fatal”. Faenón con la muleta que superó a todas las demás obras y cuando lo mata de estocada fulminante se abronca al palco por no darle el rabo. Tres vueltas al ruedo en hombros de fervorosos aficionados, no de costaleros mercenarios, y así por la Puerta del Príncipe y por Reyes Católicos hasta el Hotel Colón.

Ahí, en esa tarde calurosa y luminosa del día de la Ascensión de 1966 no es que se labrara la leyenda del novio más duradero que tuvo la Sevilla torera. La leyenda ya estaba labrándose y lo que esa tarde se confirmó fue el juramento de amor eterno entre una ciudad y un torero; un amor que sigue latente y con sus legiones de partidarios multiplicadas por el alistamiento a filas de gente que nunca tuvo la fortuna de verle hacer el toreo.

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