Álvaro Pastor Torres. – El Concilio Vaticano II se llevó por delante el latín, muchos retablos, infinidad de «santos» o seculares ritos, y en cambio trajo a las iglesias las guitarritas, un tufillo protestantoide o el desmadre litúrgico, entre otras calamidades. ¡Malos cambios, voto a tal! Del «Panem nostrum cotidianus da nobis hodie» se pasó al vernáculo pan nuestro de cada día, que no me negarán tiene nombre de restaurante para guiris en la plaza de Jesús de la Pasión, vulgo del Pan.

El pan nuestro de casi todos los días en Sevilla es el mismo: público de aluvión, más chispeado que chispeante, aplaudidor, ágrafo en materia taurina y pasado de copas a 12 euros el pelotazo; ritmo lento de un festejo, ya de por sí tedioso, desde que suena el cerrojazo hasta el fin, y que no baja nunca de las dos horas y media de función; toritos anovillados -aprobados por la autoridad, que viene del latín auctoritas-auctoritatis, palabra que evidente le viene muy grande (en especial las acepciones 1, 2 y 4 del diccionario de la RAE) a todos los que manejan el pañuelo en el palco, alguno incluso amarrado ¿con una guita? ¡ay los pañuelos doblados de Fernando Fernández-Figueroa!-; mucho azabache baratito y poca plata en los vestidos de las cuadrillas a pie; reses lastimeras que salen ya casi muertas en vida; alarmante falta de casta, fuelle, empuje, brío, raza y motor en la mayoría de los toritos; simulación descarada de la suerte de varas; inhibición total en los quites, ya sea terna o sobre todo si es mano a mano; sembrado de banderillas en dos últimos tercios de la lidia; la banda de Tejera tocando -o no tocando- a su puñetero y muy subjetivo antojo; faenas sin medida, interminables, y ayunas de ritmo, armazón, remate y argumento; estoques simulados tirados por el suelo per secula seculorum;  vociferantes peticionarios de oreja que después ni aplauden para sacar a saludar al matador; estocadas tres deditos desprendidas, o bajitas, o directamente bajonazos infames, todo ello aplaudido a rabiar si el acero entra, salva sea la parte; impunes ruedas de peones, pero una detrás de otra, delante de las narices de los alguacilillos; terceros que tardan una eternidad en atronar o en cortar la oreja, mientras el tiro de mulas gasta toda la parsimonia del mundo, y orejitas muy fáciles sin petición mayoritaria, regaladas por unos usías que no aguantan la presión de unos gritos, y que devalúan aún más el prestigio de una plaza ya de por sí en franca decadencia; y todo ello televisado urbi et orbi.

Todo esto, y mucho más, en la juampedrada de ayer… el petardo nuestro -bueno, suyo- de todos los años, que esta vez no fue salvado por ese animal boyante -casi siempre jugado en quinto o sexto lugar- que hasta no hace mucho, en una corrida sí, y en la siguiente también, medio salvaba el honor de la divisa. Corrida desigual de presentación con unos cuantos muy por debajo del mínimo exigible. Y ayuna de todo.

Daniel Luque tiró de aguante y sabiduría para cortar una oreja, no pedida mayoritariamente, tras una muy buena estocada, todo sea dicho. Juan Ortega estuvo por allí, tiró líneas, se hincó de hinojos al inicio de la faena al quinto y finis gloriae mundi. Pablo Aguado puso mucha voluntad en su primero y abrevió en el último, vista la cuesta abajo que llevaba el festejo.

sevillatoro.es
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