Luis Carlos Peris.- OCPeris2URRÍA la otra tarde y sólo le faltó a la cosa cierta demora para que hubiese contado con la fantástica banda sonora de las campanas de la Catedral llamando a la sabatina. Me llegó a emocionar el rapto de sensibilidad de la plaza con la ovación de agradecimiento a Enrique Ponce. Al ejercicio de responsabilidad del gran torero valenciano respondía Sevilla con la gratitud en forma de una ovación de las que se te meten en el alma. Fue como una de esas pequeñas cosas que forman el todo de la Fiesta y con lo que sin ellas estaríamos hablando de otra cosa y no de esa representación sincera en la que se muere de verdad. El toreo sin detalles así quedaría ayuno de sensibilidad y huérfano del respeto debido a un hombre que hizo un esfuerzo descomunal para estar en un templo imprescindible para quien quiera ser algo en esto del toro y el toreo. Y Sevilla fue Sevilla.

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