
Foto: Diario de Almería
La plaza de Almería es de las más festivas de España. Esta certeza no debe tomarse como un signo negativo. Es una plaza agradable de antemano con los toreros, a los que se les ovaciona antes de la corrida, no protesta nunca la presentación de los toros si estos no dan la talla mínima de la plaza, jalean casi todo lo que sucede en el ruedo, no prestan atención a la colocación de las espadas y piden trofeos con entusiasmo incluso cuando no ha habido motivos para tal cosa. Además, paran la corrida para una merienda fantástica, algo que me consta que no gusta nada a los lidiadores, pero que forma parte de una tradición que merece el respeto de todos. Es una plaza alegre y confiada, que, sin embargo, también aparece contaminada por la ola de triunfalismo que invade el toreo, algo que tiene, entre otras cosas, el fundamento de la escasa educación taurina que prestan los medios de comunicación, en especial la televisión, de forma que se produce un efecto de contaminación entre las plazas que disminuye las exigencias mínimas que deben imperar en todo espectáculo público. No es un problema de Almería. Han visto cómo Sevilla pierde el norte y regala las orejas, así que en el coso de la avenida de Vilches no van a ser menos.
La corrida de ayer viernes, presenciada por televisión, fue un ejemplo clásico de lo que comentamos. Se lidiaron cinco toros de la familia Matilla y uno de Álvaro Núñez. Todos de presentación ínfima, con los pitones en apariencia desmochados, sin casta ni bravura, y solo con el aditamento de cierta nobleza en el que se lidió como quinto. Ante la aparición en ruedo de estos toros impropios de un festejo de plaza de segunda, además de la presencia de la televisión, el público que llenó la plaza no expresó su descontento por semejante tomadura de pelo. Con el efecto contaminante de la televisión, en la que no se hizo mención a la paupérrima presentación de los toros. Es decir, Morante llenó la plaza, pero como cabeza de cartel y máxima autoridad torera de la terna, también es responsable de lo sucedido.
En cuanto a lo sucedido sobre el ruedo, me quedo con la faena de Juan Ortega al quinto, donde toreó de forma maravillosa al natural a un toro boyante. Había desplegado su calidad con el capote, toreó mucho rodilla en tierra, y además de exhibir su innegable torería, puso de manifiesto una encomiable voluntad de triunfo y un derroche de entrega. También fue espléndido el comienzo de la faena al segundo, una sucesión de muletazos gloriosos sobre la derecha con algunos trincherazos enormes.
Morante mató sus dos toros y se fue a Bilbao. El primero fue una raspa sin fuerza con el hierro de Olga Jiménez. En la faena hubo muchos enganchones y falló con la espada. Toreó mejor al cuarto en algunas fases de una faena a un toro de media casta, en la que hubo predisposición. Tampoco funcionó bien la espada. Y se marchó después de fumarse un puso en la merienda.
El primer toro de Pablo Aguado llevaba el hierro de Álvaro Núñez. Fue un toro muerto en vida, que se derrumbó con ganas de morirse. Decían que podría estar enfermo. No lo creo. Álvaro, que es un buen ganadero, debe cuidar más este tipo de ganado que suelta en estas plazas. El sexto era burriciego. Y si no lo era miraba de lado al torero. Aguado, que toreó de forma exquisita con el capote toda la tarde, que se había puesto de rodillas en el toro moribundo tercero, estuvo con muchas ganas, logró muletazos sueltos de calidad y se ganó la oreja que buscaba.
Plaza de toros de Almería. Segunda de Feria. Casi lleno. Un toro de Olga Jiménez (1º), cuatro de García Jiménez (2º, 4º, 5º y 6º) y uno de Álvaro Núñez, mal presentados, sin casta y solo con bondad el quinto.
Morante de la Puebla (burdeos y oro), silencio tras aviso y ovación.
Juan Ortega (verde manzana y oro), ovación y dos orejas.
Pablo Aguado (sangre de toro y azabache), silencio y una oreja tras aviso.
Saludó en banderillas Iván García




Nacido en Sevilla en el barrio del Arenal, en la calle Pastor y Landero, frente a la Maestranza. Aficionado a los toros desde su infancia gracias al ejemplo paterno, un viejo amante de la fiesta que vio torear a Guerrita. Abonado de la Real Maestranza desde pequeño.