Una corrida para la historia

Espartaco, Rivera y Morante, a hombros en la inauguración de la plaza de Espartinas.

La localidad sevillana de Espartinas vivió un día grande con la inauguración de su nueva plaza de toros. El coso es un edificio exuberante situado en la zona de Tablantes, con toda la infraestructura precisa para ofrecer espectáculos taurinos, y capaz para acoger con comodidad a unos 3500 espectadores. En l futuro se ampliará con un graderío y posteriormente será cubierta.

En realidad, puede decirse que ha sido una inauguración en dos fases. El pasado día 11 de marzo, cuando aún faltaban algunos detalles para culminar la obra, el pueblo fue escenario de una jornada llena de emociones. En el centro del recinto se leyó el compromiso de distintos taurinos para apoyar y defender la fiesta de los toros.

La plaza, levantada por iniciativa de la alcaldesa Regla Jiménez, ya ausente entre los espartineros, ha llegado a su fin por la constancia del actual alcalde, Domingo Salado, hijo de la antigua regidora municipal. En esta tarea que ahora ha sido culminada felizmente, han colaborado de forma activa todos los miembros de la familia Espartaco; primero con Antonio, el padre, como impulsor del proyecto con su contagiosa afición; luego, Juan Antonio, el torero que llenó una época y que ha sido fundamental para rematar este proyecto. Toda la familia Espartaco tiene un lugar para el recuerdo en este hermoso recinto taurino.

La jornada del 11 de marzo de 2005, tan llena por recuerdos tristes por los sucesos acaecidos en Madrid un año antes, será recordada en Espartinas por el día del Manifiesto. Eduardo Miura, Espartaco y el propio alcalde se dirigieron a un nutrido grupo de asistentes, que representaban a todos los sectores del toreo. Como latido sentimental común, las palabras del poeta y escritor Antonio García Barbeíto pusieron el colofón para que todos nos sintiéramos identificados con el fondo y extasiados con la forma.

El día de Manifiesto fue, además, un día de satisfacciones mayores. En una barriada de la localidad, denominada Cerro Alto, las calles llevan los nombres de 21 toreros sevillanos y el un cura torero de nombre Leonardo Castillo. Cuando ya las emociones estaban a tope, le faltaba algo más a la jornada. Estaban casi todos los toreros que tienen su calle en la barriada, pero apareció Pepe Luis Vázquez, tan sabio y tan torero, y se desbordó el sentimiento de gratitud a su esfuerzo por estar allí. Fue el colofón de una jornada productiva para la Fiesta.

La inauguración

Pero la gran cita era el sábado 19 de marzo. El trabajo de los operarios pudo llegar a su término y la plaza estaba reluciente. La corrida de la inauguración anunciaba a Espartaco, Rivera Ordóñez y Morante de la Puebla en un festejo goyesco que tuvo en sus prolegómenos otro homenaje. En la puerta principal del coso se ha levantado una estatua dedicada a Juan Antonio Ruiz Espartaco, obra original de Pepe Antonio Márquez, realizada en bronce con un peso de 600 kilos y 2,10 metros de altura.

Los toreros y sus cuadrillas, ataviados con su terno goyesco, llegaron a la plaza en coches de caballo. Espartaco, con un vestido de color añil con pasamanería dorada, retiró la bandera española que cubría su monumento. A su lado, Rivera Ordóñez, de burdeos y azabache, y Morante de la Puebla, de grana y azabache.

Con la música de la banda de Tejera de fondo, aún quedaba descorrer la cubierta roja que tapaba un gran retablo en azulejos que recuerda a cada miembro torero de la familia Espartaco: Antonio, Juan Antonio, Francisco José y Manuel Jesús.
Los preparativos retrasaron el comienzo de la corrida, que estaba anunciada a las doce. Las cuadrillas hicieron el paseíllo a las doce y media. Por delante, el caballero Jaime de la Puerta, detrás dos alguacilillos y, finalmente, las cuadrillas. Había tanta gente que ni la música pudo situarse en un lugar adecuado. La banda de Tejera estaba en el interior debajo del palco presidencial, pero suena tan bien que desde allí amenizó la jornada con sus pasodobles.

Presidió el festejo el teniente de alcalde de la localidad Javier Jiménez. Antes de que las cuadrillas rompieran se guardó un minuto de silencio por la alcaldesa Regla Jiménez.

El primer toro lidiado en la plaza de Espartinas llevaba el hierro y la divisa de Zalduendo, de nombre Planeta, número 179 y su capa era negra. Espartaco lo recibió con lances entonados. El picador José Manuel Expósito lo picó con corrección. El animal fue noble pero carente de alegría y fuerzas. Fue lidiado por Francisco José Espartaco Chico y banderilleado por Antonio Chacón y Juan Currín.

El brindis fue compartido a tres bandas. Se acercó a su padre Antonio con el que se fundió en un abrazo; luego, ya en el centro, brindó primero al cielo y luego a toda la plaza. Espartaco luchó por alargar su embestida en una labor de mucha entrega con algunos muletazos muy templados y los mató de un pinchazo y una estocada. El cariño popular le obligó a dar la vuelta al ruedo con dos orejas.

El propio Espartaco pudo desquitarse con el cuarto, de Juan Pedro Domecq, de mejores hechuras, al que toreó con sitio y temple, sobre todo por el pitón izquierdo. Espartaco se gustó toreando y recibió las orejas y el rabo al rematar de una contundente estocada. Este toro se lo había brindado a Cayetano Rivera, que junto a Curro Vázquez vio la corrida en el callejón.

En la corrida se lidiaron tres toros de Zalduendo y tres de Juan Pedro Domecq. Rivera Ordóñez se llevó uno flojo de Juan Pedro, eso sí muy noble, al que rehizo una faena muy templada. Lo más sorprendente fueron las verónicas del saludo, muy limpias y rítmicas. En la faena hubo muletazos de calidad por ambos pitones, pero en este toro apareció el torero de la mala espada y necesitó cinco pinchazos y tres descabellos para atronarlo.

El trueno de verdad lo puso Francisco Rivera al salir a portagayola a recibir al quinto, un toro muy bonito de Zalduendo, con dos largas, verónicas en la puerta de chiqueros de mucha emoción y el remate clamoroso. La mañana estaba embalada cuando Rivera banderilleó con Joselito Gutiérrez y Juan García con la música de fondo. El Zalduendo, un toro de agujas bajas, negro de capa, fue un toro excelente. Rivera lo toreó a placer desde el primero al último de los muletazos y lo mató de una estocada. En la vuelta al ruedo sacó al hijo de su apoderado Manolo González, que llevó orgulloso el rabo que había cortado Francisco.

A la corrida le faltaba la guinda. Morante de la Puebla había estado por encima de la corta embestida de su primer toro, con el hierro de Zalduendo. Aún así, no fue sólo un diestro con marcadas ganas de triunfo, sino que pudo dibujar algunos muletazos de garbo y torería para acabar de una gran estocada.

Los relojes de la plaza marcaban más de las dos de la tarde cuando salió el sexto, de nombre Alboroto, número10, de Juan Pedro Domecq. Fue mansito en el caballo, se picó en distintos terrenos y demostró falta de fijeza hasta que lo citó en las tablas Morante con la muleta. A partir de ahí una sinfonía indescriptible de toreo. El de Domecq, noble y dócil, siguió los vuelos de una muleta inspirada movida por el alma de Morante. Fue de esas faenas soñadas, con todos los pases dibujados antes que realizados; con mucha expresión en el gesto llena de sabor torero; buenísima en el toreo fundamental y explosiva en cada adorno; todo ello con una lentitud que rayaba en un toreo de salón ceremonial. La locura se apoderó de la nueva plaza de Espartinas. La estocada fue el digno colofón de una obra torera inolvidable.

La fiesta acabó en triunfo a lo grande. Los tres espadas a hombros y el público muy satisfecho. La corrida había cumplido sobradamente los objetivos propuestos. El ganado, apropiado al caso, colaboró y los toreros se entregaron. La fiesta ganó en Espartinas en el día de San José. Esta corrida sí que fue un buen Manifiesto.

Ficha de la corrida:

Tres toros de Zalduendo, 1

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