Luis Carlos Peris.– Pasó Bilbao y puede decirse que las señas de identidad de la temporada están más que definidas. Subyugado por la torería y personalidad de Morante, conmocionado por la rotundidad de Perera y la falta de cintura de la presidencia, emocionado por el juego de los núñez que mandaron los Lozano y sin terminar de comprender cómo Ponce se echa un pulso artificioso con un rejoneador, no tengo más remedio que congratularme por la dimensión que dio El Cid ante un lote de victorinos. Inmerso en una situación tan delicada como la de comprobar que el estatus va decayendo, ese reencuentro consigo mismo y en la plaza que escenificó la gesta más gloriosa de su carrera debería ser plataforma de lanzamiento para una vuelta al pasado. En una feria tan importante y brillante como la de este año en el Bocho, el clarinazo del saltereño es un gran hito del curso.

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