Luis Carlos Peris.– Había concedido una tregua el dios de la lluvia y estaban muy altos los cielos del Aljarafe mientras sobrecogía cómo doblaba a muerto la campana de la iglesia esperando la llegada del cuerpo de su hijo más preclaro. Gines y el toreo se unían para decirle adiós a Manolo Cortés en una despedida repleta de gente y preñada de intimismo. Los entierros tienen en el toreo un toque personalísimo y el de Manolo en su pueblo contaba con todos sus avíos. Hombres hechos a convivir con la muerte que lloran como lloraba Rafael Torres portando a su compañero y, sin embargo, amigo. O que se tragaban las lágrimas como las contenían Juan Espartaco, José Antonio Campuzano, Pepe Luis o Morante. La tregua concedida por el dios de la lluvia hizo que hasta el sol se asomase a despedir a un torero mientras el ronco vítor de ¡torero! se mezclaba con el tañido de la campana.

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