En la madrugada del jueves ha fallecido en Sevilla, a la edad de 91 años, el gran torero Manuel Rodríguez “Tito de San Bernardo”, el formidable banderillero sevillano que llenó una época en el toreo. Su fallecimiento ha ocurrido en el hospital de San Lázaro a causa de una insuficiencia renal.

Tito de San Bernardo -el apodo de Tito lo adoptó por su padre y un tío suyo que quiso ser torero, y San Bernardo, de la calle Campamento, por el barrio en el que vivió-, creció desde pequeño en San Bernardo, cerca del matadero, donde jugaba al toro con chavales como Manolo y Rafael Vázquez, El Chachi o Hipólito.

Llevado por su afición toreó por primera vez en público en un pueblo de Huelva con 15 años y llegó a debutar con picadores en Granada. Sin embargo, cuando finalizó el servicio militar decidió hacerse banderillero. Se mentalizó perfectamente porque quería seguir toreando, su afición era enorme, sabía de toros y dio un paso nada fácil, pero que en su caso fue el motivo de que en aquellas fechas de los primeros años cincuenta comenzara a forjarse una de las mayores figuras de los banderilleros de todos los tiempos, referencia fundamental para todos los que se visten de plata y para los buenos aficionados.

Aprendió de El Rerre, Joaquinillo, Alfredo David, El Boni padre, José “El Andaluz”, Gabriel Moreno, Alpargaterito, Michelín, Almensilla, Chaves Flores y otros. Admiró, entre sus compañeros más jóvenes, a Rafael Corbelle y Alfonso Ordóñez. Su preocupación era ser muy bueno en la brega, aunque no desdeñaba a los buenos banderilleros, como Magritas o El Vito, capaces de colocar los palos y salir andando con gracia, arte y temple, algo que no se aprende.

Tuvo la suerte de que desde el principio se colocó en las cuadrillas de toreros de gran importancia, lo que contribuyó a que pudiera conocer a las figuras de aquellos años y a los compañeros banderilleros de mayor categoría. Con su enorme afición, desde los comienzos demostró una gran facilidad en la cara del toro. Y apareció un toreo con el capote excepcional, clarividente, fácil. Las banderillas, también, pero fue con el capote en las manos donde Tito de San Bernardo marcó un estilo y se sintió torero.

Siempre ha dicho que lo más importante en un banderillero es saber estar colocado en la plaza. Y eso lo aprendió, entre otros, de Joaquinilllo, que fue el primer torero bueno que tuvo por compañero. Cuenta que le decía: “Manuel, en el ruedo hay que estar bien colocado. Si tú estás mejor colocado que yo, haz lo que tengas que hacer, aunque el toro me toque a mí”. Para estar bien colocado hay que saber de toros y estar muy pendiente de la lidia. Hay que conocer las reacciones del toro. Gracias al matadero Tito sabía ver las querencias. Los corrales del matadero tenían por lo general dos puertas, una de entrada y otra de salida, y para torear aquellas becerras había que saber aprovechar las querencias. La sempiterna escuela del Matadero.

Fue al principio con Cayetano Ordóñez; luego con Antonio Ordóñez, Manolo Vázquez, Chamaco, Diego Puerta, El Viti, Paquirri, Paco Camino, Dámaso González, Paco Alcalde, Niño de la Capea, Tomás Campuzano y otra vez Capea. Se llevó bien con todos, sobre todo con Manolo Vázquez y Capea.

Siempre a las órdenes de grandes figuras, toreó más de dos mil corridas de toros, ininterrumpidamente desde 1950 hasta 1985, cuando se retiró en Zaragoza toreando con Capea. Ese día se lidiaron toros de Núñez por su jefe Pedro Gutiérrez “Capea”, Julio Robles y Espartaco. Hizo campaña todos los inviernos en América. Nunca dejó de torear. Cuando Pepe Camará cogía a un torero, le contrataba de inmediato.

Cuando lo dejó fue apoderado de Rafael de Paula durante cuatro años y uno con Manolo Cortés. Posteriormente fue profesor de la Escuela Taurina de Sevilla, donde ha estado hasta el año 2016, aunque nunca se desvinculó de la misma. Se sentía orgulloso de que de su mano habían salido 14 matadores de toros. Su figura torera en los círculos taurinos de Sevilla era inconfundible.

Tito de San Bernardo ha sido un extraordinario torero, siempre al servicio de su matador, de una colocación perfecta en la plaza y de una eficacia consumada con el capote, con el que tenía un temple exquisito. Llegó a decir en alguna ocasión que “el mejor capotazo es el que no se da”.

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