Luis Carlos Peris.– Indudablemente, la venta de Los Alburejos es ya el fin de una época que no sé si fue mejor o peor que la que viene, pero sí que era muy distinta. No sé si los huesos del viejo caballero se habrán removido en su tumba al saber que su joya, esa finca con prados y vaguadas, con correderos y pendientes subiendo hacia la atalaya que le da nombre a la ganadería ya no será de la familia. Un tentadero en Los Alburejos era en vida de don Álvaro la consumación litúrgica de un rito mayor, el del toreo, y una sobremesa con él bajo el escenario único de su biblioteca y su galería de fotos con personajes de todo rango no tenía parangón con tertulia alguna. Es la venta de tan magnífico santuario del toreo la prueba inequívoca de que esto no es lo que era y que ya, cuando pasemos por la Ruta del Toro y veamos la torre en el horizonte, un sentimiento de nostalgia, otro más, nos invada.

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