Carlos Crivell.- Los tiempos han cambiado una barbaridad y en muchos casos todo ha empeorado. Así ocurre con las novilladas picadas del abono de Sevilla. Hay que agradecer a la empresa Pagés que ofrezca seis festejos dentro del abono con la presencia de algunos nombres punteros del escalafón. Sin embargo, se echa de menos aquel tiempo en el que los carteles de estas novilladas se remataban según los resultados de los festejos anteriores. Si un novillero llegaba a Sevilla un domingo y mostraba unas condiciones superiores se le repetía al domingo siguiente. Ahora, llega un novillero con un corte valioso y ya no se le vuelve a ver por la plaza en todo el año. Es el caso de Aarón Palacio, que hasta ahora ha sido la sorpresa de estas novilladas de abono. En otros tiempos Aarón Palacio ya estaría anunciado de nuevo en la Maestranza. Es una verdadera pena que novilleros sevillanos como Bastos, Mariscal o Zulueta ya no vuelvan hasta 2025. Las condiciones actuales del abono, que obliga a presentar los carteles completos a la hora de su venta, ha llevado a esta situación.

Pongo como ejemplo el año 1977, cuando se celebraron en Sevilla 16 novilladas con picadores a lo largo de la temporada. Ese año, Tomás Campuzano toreó seis novilladas en Sevilla a base de triunfos repetidos. Ese mismo año, Pepe Luis Vargas hizo cinco paseíllos con grandes triunfos, en los que se ganaba cada domingo el puesto en la siguiente. Se pueden sacar a colación muchos más casos de novilleros que repetían a base de éxitos sobre el ruedo. Y qué decir del año 1972 con 21 novilladas y la pareja de José Antonio Campuzano y Antonio Gardel repitiendo en numerosas tardes. Todo eso ya es imposible con una programación completada en el mes de marzo y cerrada a cal y canto. No solo se presentaban muchos aspirantes, sino que el capítulo ganadero era amplio y variado. Y hay que repetir que debemos estar satisfechos porque en Sevilla se organizan seis novilladas picadas en la temporada, que tal y como están las cosas es un milagro.

Los abonados sevillanos desertan en un buen número de estos festejos menores, motivo por el que la asistencia casi nunca supera la mitad de la plaza. Para animar a los asistentes, las novilladas de junio se anuncian a las nueve de la noche, con objeto de salvar las horas de mayor calor. El ejemplo de los festejos sin caballos de julio ha obligado a la empresa a buscar esta solución. La realidad es que en estas novilladas que se han celebrado en mayo los que acuden a la plaza son un número contado de abonados, muchísimos seguidores de los chavales anunciados y un fuerte contingente de turistas extranjeros que asisten impávidos por primera vez a un festejo taurino. En estas condiciones, el ambiente de la plaza es una torre de Babel sin nada que recuerde a la verdadera Maestranza.

Las exigencias bajan de forma llamativa en estas novilladas. En líneas generales se ha lidiado un novillo de escasa presentación, demasiado cómodo, en contra de lo que siempre fue la plaza sevillana en estos festejos. La banda de música pierde el norte y toca de principio a fin en faenas de escasa calidad. Comienzan a tocar en un momento dado y ya, aunque la labor del torero decaiga, no dejan de interpretar el pasodoble.

En otro artículo anterior hemos mostrado nuestro convencimiento de que la autoridad no está dispuesta a mejorar el nivel de la plaza. Ha ocurrido en los festejos de la feria y persiste en las novilladas. Los presidentes se amparan en supuestas mayorías para conceder orejas de escasa entidad y nula valía. Al margen de que eso de la mayoría es muchas veces discutible, el Reglamento es susceptible de ser interpretado y adaptado a cada situación. Si en la plaza hay una mayoría de partidarios de un torero, estos piden orejas de forma escandalosa y pueden aparentar mayoría, pero es necesario que el usía tenga la capacidad de interpretar cada petición. Y lo mismo ocurre con los espadazos bajos. En casos descarados de bajonazos, no se deben conceder orejas en Sevilla, incluso cuando haya, en apariencia, una amplia petición, porque hay que insistir que es una obligación de los presidentes aquilatar las circunstancias de cada caso. Y el prestigio de Sevilla no puede caer bajo mínimos por una simple cuestión de cumplir con el Reglamento.

Lo mismo se podría decir de la inoperancia del palco con la suerte de varas. En muchos casos hay marronazos deliberados de los picadores para no picar que se cuentan como puyazos. Si las reses deben tomar dos puyazos, deben ir dos veces al caballo y ser picadas. Eso no se tiene en cuenta en múltiples ocasiones y se cambian reses con suertes de varas simplemente simuladas.

La corrida de toros en Sevilla tiene muchas facetas que deberían cuidarse. Así, los movimientos de personas por los pasillos de los tendidos durante la lidia, el consumo exagerado de bebidas alcohólicas, los gritos y aplausos desorbitados de los muy partidarios de un torero, el ya señalado de la banda de música que toca durante faenas mediocres de principio a fin, y, por último, la escasa actividad de los alguacilillos para que se cuiden las formas durante la lidia. Los toreros se quedan muchas veces en el lado derecho del picador y casi nunca se les advierte que no deben hacerlo. En las ruedas de peones tras la suerte suprema se permiten todos los ardides posibles para tumbar al toro rápidamente. Tampoco prestan atención a los retrasos en los arrastres de las mulillas cuando se están pidiendo orejas. El delegado del callejón se inhibe ante estas lamentables situaciones. Una vergüenza en una plaza como la Real Maestranza. Es algo que sucede con la inhibición de los alguacilillos, no siempre, pero sí muchas veces. Se permite a los apoderados, consejeros o amigos de los toreros moverse sin freno por el callejón, apoyados en la barrera, para dictar órdenes a sus pupilos. Un verdadero disparate

En definitiva, otro festejo mejor – corrida o novillada – sería posible en Sevilla. Es una cuestión de voluntad por parte de los implicados. Me temo que es imposible.

 

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