En la cuarta del abono, una mansada de Alcurrucén sin posibilidades para el toreo moderno. La única ovación se la llevó Oliva Soto con el cuarto, el toro que mejor se dejó en la muleta. Pinar estuvo lidiador y Tendero, vulgar.

Plaza de la Ral Maestranza, 4ª de abono. Más de media plaza. Seis toros de Alcurrucén, bien presentados, mansos en su totalidad, excepto el cuarto.

Oliva Soto, de burdeos y azabache, silencio tras aviso y saludos. Rubén Pinar, de nazareno y oro, silencio y silencio. Miguel Tendero, de lila y oro, silencio y silencio.

Saludaron Francisco Javier Andana y Óscar Reyes en el cuarto. Buena tarde a caballo de Agustín Collado

Carlos Crivell.- Sevilla

Por el tendido se cruzaban preguntas. ¿Qué corrida ha sido peor, la de Aguirre o la de Alcurrucén? No había color, porque muchos aún temblaban por las oleadas destempladas del que cerró plaza en la tarde del martes. La de los hermanos Lozano fue simplemente mansa. La mansedumbre es una de las condiciones posibles del toro de lidia. Y según un aserto popular, todos los toros tienen su lidia, incluso los mansos.

El problema es que el cuerpo del aficionado, y muchos menos el de espectador ocasional, no está preparado para presenciar la lidia de un manso. Tampoco el lidiador moderno tiene recursos para dominar a los toros huidizos.

La de Alcurrucén fue muy mansa. Algunos fueron verdaderos bueyes de carreta. Sólo el cuarto se dejó pegar dos varas con cierto estilo de toro. El resto de las reses exhibieron de salida las características de su encaste Núñez. Corretones y abantos, parecían que buscaran la puerta de salida al campo. No se dejaron picar en los terrenos de la sombra, casi todos salieron sueltos a estampidas del encuentro con los montados; es decir, mansos de verdad.

El toro manso puede ser encastado y noble; o puede tener clase. Si tal cosa ocurre, cuando llegan a la muleta se les pueden torear. La historia del toreo está llena de faena cumbres a toros mansos.

Los de Alcurrucén fueron mansos malos. No humillaron, carecían de fijeza y hasta sus últimas arrancadas querían irse de la plaza. Requerían un tipo de lidia que los jóvenes del cartel no conocen, aunque es cierto que los públicos tampoco aceptan una lidia sobre los pies con muletazos de castigo por bajo.
La imposición del muletazo con la derecha y con la izquierda lastra en estos tiempos la posibilidad de presenciar faenas lidiadoras.

Oliva Soto le quiso dar los dos pases al primero, un toro a la defensiva, algo que no consiguió en ningún momento. El cuarto fue el único de Alcurrucén que se dejó dar pases. Oliva logró una tanda y media con buen estilo por la derecha y apenas pudo ligar alguno con la izquierda. Aunque sonó la música y el fervor localista se puso de su parte, ese toro tenía una faena más completa. Al final, para no perder la costumbre, lo mató mal.

Rubén Pinar fue el espada que más se acercó a la lidia que necesitaban sus mansos. El segundo no se paró nunca. Pinar le cambió los terrenos varias veces buscando algo imposible. El quinto toro debía ser carpintero de profesión: no quería más que la madera de las tablas. Para colmo, se paró como un poste de la carretera. Todo su esfuerzo fue inútil.

Miguel Tendero, por contra, es un torero moderno. Sabe dar pases con la derecha y la izquierda. Al tercero, víctima de una lidia pésima en plan capea por parte de su cuadrilla, Tendero le dio pases corrientes sin alma. Es triste ver a un torero darle muletazos sin alma a un toro sin espíritu.

Para cerrar la tarde, un manso de oleadas a diestro y siniestro. Tendero también le dio pases a este toro. En este sentido, parece que el de Albacete le da pases a todo lo que se le ponga por delante. El problema es que los pases de Tendero son vulgares. El otro problema es que ese toro sexto, con la cara por las nubes, necesitaba otro tipo de lidia más dominadora que el chaval de Albacete tal vez no conozca. Ha sido educado en la apoteosis del derechazo y el natural.

Hubiera sido curioso ver la reacción del público si alguno de los diestros se dobla por bajo con cinco doblones, sigue con pases por alto, unos adornos sobre los pies y lo mata de una estocada. Tal vez la plaza se hubiera arrancado con una ovación, o no se hubiera enterado de nada, porque estos públicos modernos, que van a los toros con ideas prefijadas, también están educados para entender sólo el toreo moderno.

Los toros de Alcurrucén, tan mansos, no tenían ese punto de peligrosidad que transmitió la de Dolores Aguirre. En el tendido, mientras los mansos de los hermanos Lozano correteaban por la plaza, la impresión es que no había peligro en el ruedo. Y los mansos, además de su lidia, tienen peligro.

Sin embargo, mejor una corrida mansa que una peligrosa. Ocurre que no estamos preparados para comprender que un manso no tiene cien muletazos como cualquier toro de estos tiempos.

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