Ventura_arj2809Álvaro Pastor Torres.- La idea de rematar un cartel de relumbrón el domingo de la Pascua de Resurrección es relativamente moderna, ya que -estirando un poco el bolero- treinta años no es nada. Si tiramos de la añeja cartelería vemos que, por ejemplo, en 1961 hicieron el paseíllo Fermín Murillo, José Julio y Pepe Limeño con toros de Montalvo. En 1968, Rafaelito Chicuelo, Zurito hijo, Adolfo Rojas y Capillé con ocho toros de los marqueses de Albaserrada y Ruchena. En 1972 partieron plaza Carnicerito de Úbeda, Rafael Torres y El Coriano, con Eduardo Bombita a caballo y otra vez toros de Albaserrada. O en 1977 abrieron temporada José Luis Galloso, José Antonio Campuzano y Currillo con un encierro de Urquijo. Fue ya en los ochenta del siglo XX cuando el cada vez más recordado don Diodoro Canorea apostó fuerte por la apertura de la temporada y pasó a ser Curro Romero cabecera de cartel un año sí y otro también. Entonces se popularizó la expresión “Curro y dos más torean en Resurrección”. Años después, a finales de esa década, y por méritos propios del rubio torero aljarafeño, el dicho se amplió a “Curro, Espartaco y otro”.

Descartado el duelo Hermoso de Mendoza vs. Ventura -por las razones que fueran o fuesen-, lo que queda en esta primera corrida de rejones del abono -que cada vez despierta menos entusiasmo, como lo prueba el mucho ladrillo que ayer se vio en tendidos y gradas-, lo que queda digo, es “Ventura y dos más”. En el caso que nos ocupa un melenudo cavaleiro portugués por delante, muy irregular, y un onubense criado a la sombra de Ventura -tanto que a veces da la impresión que es un clon- que debió dejar vacios su pueblo y unos cuantos limítrofes, pues su claque ocupaba buena parte de la solanera.

He de confesar que de las corridas de rejones en la plaza de Sevilla solo salvo dos cosas: el concierto que da Tejera sí o sí, pues estén bien, regular o mal los rejoneadores, ellos van a lo suyo, a tocar en el tercio de banderillas de todos los toros pasodobles ad maiorem gloriam del caballista de turno, y el personal femenino que pulula, pasea, se contonea y se exhibe a partes iguales desde el Arenal de Sevilla hasta la última fila de Sol Alto del tendido 12.

Dicho lo cual, el resto del festejo, las más de las veces, fue una sucesión de caballazos, pases en falso, topetazos, enganchones, hierros clavados a la grupa y rejones de muerte cuya colocación pedía la intervención del juez de guardia. Al menos nos libraron del numerito del caballo dando bocados, algo es algo. Aún así se cortaron, creo, 6 orejas 6. ¿Por qué?

Los presidentes en Sevilla los divido en tres grupos. Los que sacaban el pañuelo perfectamente doblado, sin picos y haciendo honor a la responsabilidad del cargo; utilizo el pasado porque ya no quedan, tengo dudas si el último fue León o Murillo. Los que lo sacan arrugado, pero con decisión y cierto criterio. Y por último los que lo tienen amarrado de una guita como si fuera un chorizo de Cantimpalo. El de ayer era de estos últimos, con eso queda dicho todo.

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