Después de la tempestad de los Victorinos, la calma chicha de una corrida en la que la impresión es que los toreros no se emplearon a fondo. Destacaron las cuadrillas, con especial mención para Curro Molina, mientras que Javier Conde fue abroncado, Castella ponía voluntad de forma espesa y Talavante tropezaba con el lote menos alegre.

Torrealta / Javier Conde. Sebastián Castella y Alejandro Talavante

Seios toros de Torrealta, bien presentados aunque de forma desigual. Voluminosos los lidiados en quinto y sexto lugar. En general, cumplidores en el caballo aunque a menos y algunos rajados al final. Mejores primero, segundo y cuarto. El quinto, apagado; el sexto, noble y soso y el tercero, brusco.

Javier Conde: pitos y pitos.
Sebastián Castella: palmas y silencio.
Alejandro Talavante: silencio y silencio.

No hay billetes. Saludaron en banderillas José Manuel Molina y Curro Molina. Destacaron a caballo Josele y Pepe Doblado.

Carlos Crivell

Una corrida de toros es un melón por calar, el toro es un enigma del que nadie sabe nada y cuando más ilusionado acude el aficionado a un espectáculo, más posibilidades hay para que todo salga al revés. Tras la intensidad emocional de la corrida de Victorino, dos figuras y un veterano no fueron capaces de levantar la tarde. Y no fue por culpa de los astados de Torrealta. Seis toros lidiados y ninguna ovación para la terna. Todas las palmas fueron para las cuadrillas, que dejaron en situación desairada a sus jefes. Oro para los que habitualmente van de plata y menos galones para quienes lucen el dorado traje de luces.

A la hora de hacer balance, todo el lujo de la corrida se lo llevan nombres como Curro Molina, Pablo Delgado, Paco Arijo, Miguel ángel Sánchez y los picadores Josele, Ignacio Rodríguez y José Doblado.

No es fácil explicar que una corrida manejable, con varios toros con embestidas boyantes, se fueran al desolladero sin torear, se entiende que sin torear bien, porque mal toreados se fueron todos.

El caso de Javier Conde puede ser incluso disculpable, aunque el malagueño acapara por norma las iras del tendido porque es muy puro en sus expresiones, es decir, que no disimula sus precauciones. Si ocurre que se enfrenta a dos toros que parecen buenos, se puede entender que Conde recibiera dos sonoras pitadas. De la actuación de Conde no hay mucho que explicar. Simplemente, creyó ver a sus toros con peligro y no se tapó. Para su desgracia, sus toros desarrollaron bondad y se quedaron sin torear. Pero Conde es así y no hay ninguna sorpresa por una tarde tan desafortunada.

Tiene menos explicación que un matador considerado como figura, que ha dejado a sus apoderados de siempre para aumentar su cotización, motivo por el que se ha quedado fuera de las ferias de Levante, pase por su primera tarde en Sevilla y sólo se pueda contar que estuvo voluntarioso. Si se afina más, y admitiendo la voluntad, Castella no acertó en el temple en el toro segundo, mejor que el quinto, se dejó enganchar la muleta y su faena fue perdiendo tono de forma progresiva. El comienzo con unos estatuarios preciosos y dos recortes por bajo fueron lo mejor de su faena.

El quinto fue un toro descastado con el que a Castella se le disculpa. A pesar de ello, a una presunta figura del toreo hay que exigirle mucho más en una tarde tan trascendente.

Talavante se esforzó con el anodino toro sexto. Nada que objetar. Con el tercero, toro que tenía alguna violencia al final de sus embestidas, el de Badajoz no dejó ningún detalle de calidad.

En estas corridas en las que no pasa nada y queda espacio para contar cosas, es preciso denunciar que el toreo con el capote de los espadas actuales es muy malo. Los tercios de quites han pasado a mejor vida, apenas se pueden contar espantosas chicuelinas

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