Gastón Ramírez Cuevas.- Ayer en La Maestranza se vio un poco de todo. Como decimos allá en México: hubo de chile, de dulce y de manteca.

Los toros del maestro Rincón fueron variados en su carácter, comportamiento y juego. Desgraciadamente, los toreros no les entendieron. Los muletazos elegantes se confundieron con los mantazos; las buenas estocadas con las de siempre; los buenos subalternos con los que salen a gritar y lucirse; los toros que escarban y mansean con los que romanean y luego no dejan de mostrar su raza, etc.

Enrique Ponce estuvo bastante mal con su segundo, un toro bravo, noble y repetidor. Quizá el maestro de Chiva ya no tiene el ánimo para complicarse la vida aguantando y mandando a un toro que se come el engaño. Ayer, cosa extraña en él, la faena al cuarto de repente naufragó en un mar de trapazos lejanos.

Manzanares nos dio la impresión de haberse comprado un boleto para la máquina del tiempo y de haber vuelto a las andanzas de hace tres o cuatro años. ¿Por qué no le ligó tandas de cinco o seis muletazos a su primer toro? ¿Por qué en su segundo toreó fuera de cacho, sin ritmo, cadencia o aguante real? ¡Vaya usted a saber! Pero ojalá pueda remontar este bache.

Daniel Luque no tuvo opción en su primero que se desfondó con uno de esas maromas que son peores que un mal puyazo. En el que cerró plaza toreó mucho al respetable y poco al toro. El atrasar la pata buena y quitar el engaño de la cara al toro entre pase y pase, no son buenos argumentos de torería.

En suma y como ya va siendo costumbre en esta Feria de Abril: el balance de la tarde que nos ocupa, en vez de una salidita al tercio, bien pudiera haber sido de -por lo menos- cuatro orejas.

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