En la segunda de promoción de Sevilla se lidió un pésimo encierro de El Serrano. El mejor fue Luis Manuel Terrón de la Escuela de Badajoz, más preparado que sus compañeros Fernando González y Manuel Triana.

Plaza de toros de Sevilla. 2ª novillada de promoción. Algo más de media plaza en noche muy calurosa. Seis erales de El Serrano, correctos de presencia y de muy mal juego, salvo el quinto, mejor que el resto de novillos. Destacó en banderillas y quites de peligro Carlos Cano. Debutó en el paco José Luque Teruel. Fernando González fue atendido por conmoción leve con policontusiones en miembros inferiores y tórax. Varetazo corrido en cara anterior de muslo derecho con recuperación satisfactoria en enfermería y aplicación de tratamiento analgésico".

Fernando González, de la Escuela de Amate, de gris plomo y oro, pinchazo y dos descabellos (silencio). En el cuarto, cogido. Remató Terrón de dos pinchazos y estocada trasera (silencio).
Luis Manuel Terrón, de la Escuela de Badajoz, de blanco y plata, pinchazo, estocada atravesada y dos descabellos (silencio tras aviso). En el quinto, pinchazo y estocada baja y tendida (vuelta al ruedo).
Manuel Triana, de la escuela de Sevilla, de verde botella y oro, pinchazo, dos estocadas perpendiculares y dos descabellos (silencio tras aviso). En el sexto, dos pinchazos y estocada corta (silencio).

Carlos Crivell.- Sevilla

Foto: Álvaro Pastor Torres

La segunda novillada de promoción nos dejó varias notas para el análisis. De un lado, que no parece procedente que en este tipo de festejos se lidien novillos tan astifinos como los de El Serrano. Una cosa es la dignidad en la presentación y otra que los erales portaran dos agujas de impresión. Se produce un agravio comparativo, porque en la primera ded promoción los novillos eran casi todos gachos y abrochados.

La segunda nota, que se añade a la anterior, es que eran astifinos y muy malos. La novillada fue un compendio del más pésimo estilo. No hubo ni uno que metiera la cara por derecho y que no soltara un derrote al final de su recorrido. Es decir, que lo de El Serrano fue una dura losa para la terna.

Dicho todo ello, con este material tan duro, nos encontramos con dos chavales de una inocencia clamorosa y uno de Badajoz. Ya se sabe que en asuntos taurinos de noveles, en estos momentos, ser alumno de la Escuela de Badajoz es un aval de solvencia y preparación, que es todo lo contrario que sucede con aspirantes que proceden de otras escuelas.

El de Badajoz, nacido en Higuera de Vargas, se llama Luis Manuel Terrón. No es que sus novillos fueran mejores que los de sus compañeros, en absoluto, es que Terrón les aplicó la medicina del conocimiento. Sabe torear bien con el capote y lo demostró tanto en el segundo como en el quinto. Se coloca bien muleta en mano, aplica toques correctos, consigue templar las embestidas y resolvió con suficiencia la papeleta. Al quinto le pudo cortar la oreja si es más certero con el estoque, que parece su punto más débil. Dejó la impresión de que es uno más de Badajoz que ha aprendido bien la lección.

Al utrerano Fernando González, apuntado en la Escuela de Amate, la novillada le vino muy ancha. Ciertamente sus dos enemigos de El Serrano fueron dos prendas de cuidado, pero ello no puede ocultar que ni está preparado ni arriesgó un alamar. Para colmo fue cogido en el cuarto de forma aparatosa y pasó a la enfermería con muchos porrazos y con la conciencia perdida.

Manuel Triana, de la Escuela de Sevilla, apunta detalles de fina torería. Es una pena que se haya precipitado su debut en la Maestranza, aunque el panorama para torear más no es muy favorable. Se anota como bueno que se queda quieto, que quiere gustarse en los lances y muletazos y que no le hizo ascos a una posible voltereta. En contra, que está verde como un bosque escandinavo y que en ocasiones apareció a merced de sus dos erales traviesos y peligrosos.

Debutó en el palco José Luque Teruel con acierto. Ni tuvo problemas ni se los buscó. Le pidieron la oreja a Terrón en quinto pero no había ni mayoría ni méritos para un trofeo en Sevilla. Debe perseverar en sus buenos propósitos. 

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