Carlos Crivell.– La edición número 42 de los Mano a Mano de Cajasol tuvo como protagonistas a Tomás Campuzano y Rafael Cremades. Un matador de toros y un periodista. Estos eventos se han consolidado en Sevilla como un tiempo para hablar de toros de forma distendida y cordial. José Enrique Moreno le ha cogido el sitio y la distancia a los encuentros y se manifiesta en ellos como pajarillo en libertad. En la presentación dijo que de Tomás Campuzano destacaba su dignidad. Y siendo verdad, con todo lo que la utilización de esta palabra implica, Tomás Campuzano es para el mundo de los toros mucho más que dignidad. Es dignidad como forma de presentación, pero si se penetra en las entretelas de su paso por la Fiesta se puede asegurar que fue un gran torero, posiblemente lastrado por un sistema que lo tenía siempre dispuesto pero que no le regaló nunca nada que no se hubiera ganado en los ruedos.

Tomás se ofreció al público de forma abierta y sincera, natural y campechano, fue como siempre es Tomás Campuzano. Y fue contando algunas cosas, posiblemente ya conocidas, pero que no está de más recordarlas. Dijo que “todas las temporadas me tenía que ganar los contratos desde la primera corrida del año. Conforme avanzaba la temporada me encontraba mejor y cuando se acercaban esos compromisos más duros del norte me preparaba a conciencia para que no se me escapara el triunfo, de ahí que se dijera entonces que Tomás Campuzano era un torero del norte”.

No renegó de su especialización como torero de las más duras, pero afirmó con cierto regusto que “en la última temporada en activo, cuando ya había anunciado mi retirada, fue cuando ya liberado de toda presión pude torear más a gusto y expresar lo que llevaba dentro como torero”.

El tema era El Toreo y la Radio, algo que solo suele servir como hilo conductor para comenzar a caminar. Cremades, que proclamó su origen cordobés y su amor por su tierra, habló de Matías Prats, de la radio de los años sesenta y setenta; de las informaciones de las diez de la noche para conocer lo que había ocurrido en las plazas españolas, “algo que ha desaparecido con la inmediatez de la información actual”. De lo que dijo Rafael me gustó su implicación con el toreo, también que le gusta disfrutar pero no tanto como opinar. Añadió que “la Fiesta está sufriendo muchos ataques y declararse hoy amante de los toros es muy complicado; cada vez que me manifiesto como aficionado en la radio recibo ataques de gente que además no es aficionada”. Definió a los toreros como “caballeros de la vida” y explicó que de pequeño “mi padre me llevaba a los toros de niño y yo no tengo ningún trauma”. Y su apostilla fue genial. Dijo que el toreo es una escuela de vida, “ahí están el respeto que impera entre los toreros y la templanza que adorna a sus comportamientos”. Y en un arranque improvisado toreó de salón en el escenario. Por cierto, Cremades es el yerno de Rafael Astola, el torero que indultó a Laborioso de Albaserrada, una ganadería que pasta en Gerena, la tierra natal de Tomás. Se había cerrado un círculo curioso.

Al final, Tomás Campuzano evocó a Topinero, el toro de Guardiola lidiado en Sevilla en 1988. Con una generosidad encomiable, Tomás cantó la lidia excepcional que recibió el toro por parte de Alfonso Ordóñez, presente en la sala, los puyazos de Francisco Martín Sanz y las banderillas de Luis Mariscal y Paco Puerta. Recuerda que la plaza estaba en trance ante la bravura del toro y que Alfonso le dijo: Ahí los tienes, la cosa no está fácil. Pero Tomás cuajó a Topinero y allí quedó su faena para los anales de la historia del toreo en Sevilla. Y es que, dicho queda, lo de este Campuzano ha sido dignidad y muchas cosas más. Entre otras la de ser una persona excepcional.