Carlos Crivell.– Pepe Rodríguez Campuzano se inscribe dentro de ese grupo de personajes que dieron al mundo varios toreros entre sus hijos. Equiparable a la saga de los Bienvenida, a la familia de Pepe Luis, el padre de los Campuzano le dio a la Fiesta hasta cinco hijos toreros. Es cierto que los dos mayores, José Antonio y Tomás, son los de mayor notoriedad, pero Manolo también fue matador de toros, Javier fue novillero y Enrique acabó como picador.

Esta faceta del recién fallecido en Gerena es suficiente para rendirle un homenaje en esta hora de su adiós a la vida. Pero es que el patriarca de los Campuzano fue una persona admirable, alejada de los focos de atención, lejos de la farándula, taurino de charla pausada, aficionado de base, cabal, afable; pocas veces he tropezado en mi vida con una persona tan humilde cuando podía presumir de haber dado al toreo a tanta cantidad de profesionales. De origen astigitano, se afincó en tierras de Gerena donde formó y cuidó de su extensa familia junto a su esposa. Todo lo contrario al clásico padre de torero.

En la hora de la muerte del padre de la familia Campuzano, les ruego que me permiten dirigir mis oraciones al cielo por esta eminente figura, porque lo era por su elegante trato, su absoluta modestia y su educación esmerada. Se ha ido en las mismas fechas que Manuel Martínez Manoliqui, al que apenas conocí, pero me basta saber la opinión de quienes le trataron para saber que fue otro personaje de enorme importancia en esas esferas del toreo en las que hay menos oro, pero existe mucha afición, trabajo y generosidad. Un abrazo para ambas familias.

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