Guardiola (2)Manuel Viera.- Hace unos días se lidiaron en Sevilla los últimos “villamarta” de la familia Guardiola. Aquella noche de novillada de promoción nocturna, de bulla y algarabía de juventud en los tendidos e ilusiones de los que sueñan con el triunfo en el ruedo, se enterraba la leyenda en la plaza de sus grandes éxitos: la Maestranza. La larga trayectoria de una ganadería con personalidad definida paga el tributo de la absorbible realidad. Los vertiginosos cambios producidos en el toreo, y por ende en las ganaderías, más el imparable descenso de festejos, han provocado la inminente desaparición.

     Lo cierto es que inesperadamente nos hemos encontrado con el triste vacío. Sin esos toros pujantes, ebrios de futuro, con rescoldos de un encaste en el que subsistían resabios enrazados que lo hacían resistirse a claudicar. Pese a ello, el toreo emergente con dimensión trascendente ha producido la definitiva infidelidad al encaste. Y así, en circunstancias tan adversas, parece que a Jaime Guardiola le ha sido imposible seguir con su romántica de criador de bravo. La situación insostenible le ha impedido sobrevivir el presente para esperar el futuro. El pesar del ganadero es evidente, pero no demostrable, quizá, por mi incapacidad para bucear en el meollo verdaderamente  humano de una familia que calla el problema. El esfuerzo, inútil, por salvar lo insalvable, la enaltece.

     Atrás quedan aquellos “predajas” y “villamartas” convertidos en motor de la bravura. Recuerdo siempre la impresión de asombro y gozo que me produjo las muchas faenas de campo vividas junto al mayoral de los mayorales. El recordado Luis Saavedra.  Desde luego, la sensación de cercanía, motivada por mi tierra utrerana, me hace ser el primer nostálgico de aquellos toros. De comprender una decisión que define a la perfección la poética y modo de entender unos encastes y una ganadería. Siempre he admirado a la gran familia Guardiola, sus ideas del toro y el convincente y exacto desarrollo de su crianza, pero aún reconociendo sus muchos méritos en el campo bravo, nunca me habría imaginado la renuncia a seguir con el desafío que supone mantener un encaste que ha hecho historia.

     Ahí quedará El Toruño reserva de la bravura. Como espejo que sólo refleja su propio y triste interior. Que no es otro que la desolación de unos pagos sin el reburdear del toro en los atardeceres de la campiña. Comprimiéndose el tiempo en unas tierras que se apagan a la historia sin el animal, símbolo de toda la bravura posible, que las pise y se lustre de sus pastos. En mi memoria queda una época y un lugar donde se fraguaron, y aún se fraguan con lo poco que allí queda, sueños de toreros. Un territorio donde el toro tuvo su hábitat, su vida, su leyenda.

(*) Publicado en www.manuelviera.com