
Foto: Álvaro Pastor Torres
Álvaro Pastor Torres.– A las seis y media de la tarde, hora fijada para el inicio de la función taurina, la vista frontal de la Giralda desde el palco de convites de la Real Maestranza de Caballería era lo más parecido a una pintura decimonónica. La bíblica torre «fortissima» de la Catedral se enseñoreaba entre las nubes, ora algodonosas de un albo esponjoso, ora grises como los Buendía que pastaban en San José de Bucaré[lli]. Salvo por el cierre del graderío -obra completada por Aníbal González en 1915-, que hurtaba el caserío del Arenal o el barrio de la Carretería, y el peto de los caballos que trenzaban el paseíllo, la escena podía haber sido pintada por Joaquín Domínguez Bécquer -el tío segundo de Gustavo Adolfo y Valeriano-, un Cabral Bejarano, Rodríguez de Guzmán o Jiménez Aranda.
Novillada de postín para abrir el ciclo continuado y ningún sevillano en el cartel, para que luego digan que aquí miramos el carné. Tres aspirantes con bagaje y runrún entre el taurineo, auspiciados desde el apoderamiento por una terna matadores de toros de muy diversos estilos: Curro Vázquez, Cristina Sánchez -que destacaba en el callejón por el estilazo de la chaqueta blanca y su cuidada melena con mechas- y el salmantino López Chaves.
La alternancia de nubes y claros nos descubrió variados perfiles de una Giralda, ahora sin las jarras con varas de azucenas, donde lo mismo explotaba el sol de la tarde en el blanco de la piedra recién restaurada o el fulgor del ladrillo ante los resoles, que quedaba en penumbra para destacar las siluetas de las campanas o la matraca del Viernes Santo. Luces y sombras de un festejo con un encierro demasiado a modo -tres por debajo del mínimo deseable y otros tres más seriecitos y con cara de mayores-, falto de bravura y sobrado de dulzura, desaprovechado en demasiados lances de la lidia con bisutería barata (decenas de tafalleras o mantazos enganchados con la espada de ayuda tirada por el albero) durante un festejo interminable, dos horas y tres cuartos de función que diría el gran Barquerito.
El mexicano Osornio tuvo el lote menos apto, aún así dejó muy buena impresión. Maneja el capote con soltura y gusto, sus muñecas mecieron las mejores verónicas de la tarde. Demostró también, muleta en mano, que tiene gusto, firmeza y quiere hacer las cosas bien, pero no tuvo material propicio para poder conseguir más.
El portugués Tomás Bastos, de la muy taurina ciudad de Vila Franca de Xira, en el antiguo Ribatejo luso, donde el estuario del Tajo comienza a ensancharse buscando el Atlántico, tuvo un lote para haber cortado cuatro orejas y sólo se llevó una; lo siento, pero es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. Tiene técnica, demasiada a veces, está muy placeado, maneja con soltura los trastos, se conoce el oficio, no siempre está bien colocado, alarga innecesariamente los trasteos, baja en calidad con la muleta a la izquierda y abusa de lo que el bueno de Tito de San Bernardo llamaba con socarronería «tranfullerías». Un inoportuno desarme, con el consiguiente cese del pasodoble en su primero, marcó el inicio de la cuesta abajo en una faena que no fue refrendada convenientemente con los aceros. En el quinto, cuando los últimos rayos del sol que caía por el Aljarafe se estrellaban contra las bandas de azulejos que diseñó Hernán Ruiz II, Bastos logró cortar una oreja tras una faena irregular y de larguísimo metraje. En ambos astados recibió un recado presidencial. Fernando Sánchez, el tercero de su cuadrilla, puso dos grandes pares.
Se esperaba con interés a Julio Norte, torero del ídem, dinástico, de contrastado valor, lo que se une a una rápida conexión con el graderío. Practica un toreo asentado, con mucho temple, como demostró sobradamente en varias tandas de naturales, con unos cuantos de cartel.
Recién puesto el sol, cuando las agujas del reloj sobre el palco del Diputado -de la Real Maestranza de Caballería, que no de la Diputación como dicen algunos- besaban las nueve en punto de noche, comenzaron las diversas e indescriptibles tonalidades de azul a pintar ese cielo que hace casi un siglo llevó al muy antitaurino Eugenio Noel a dedicar un libro sobre la Semana Santa: «A Sevilla, la de los incomparables atardeceres». Con el festejo encarrilado, y un utrero melocotón que era una pintura, además de un manso de manual, algo brutote pero que metía bien la cara, el salmantino logró cortar una oreja facilona.
Nacido en Sevilla en el barrio del Arenal, en la calle Pastor y Landero, frente a la Maestranza. Aficionado a los toros desde su infancia gracias al ejemplo paterno, un viejo amante de la fiesta que vio torear a Guerrita. Abonado de la Real Maestranza desde pequeño.