Manzanares cortó tres orejas en una tarde de predominio del valor, llegando a la heroicidad con la mansada de Juan Pedro. Lo mejor llevó la firma de Morante con el capote y Ponce cumplió y cortó una oreja.

Domecq / Enrique Ponce, Morante y Manzanares

Plaza de Málaga, 17 de agosto de 2010. 5ª de Feria. No hay billetes. Seis toros de Juan Pedro Domecq, el primero lidiado como sobrero, desiguales de presencia, mansos y descastados. En general, fueras de tipo. Muy chicos, primero, que fue devuelto, y el sexto. De pésimo juego en general. El tercero, difícil y peligroso. Saludaron Juan José Trujillo y Luis Blázquez. El banderillero Alejandro Escobar resultó cogido en el primero, luego devuelto, y fue operado de dos cornadas en el muslo derecho de 10 y 15 centímetros, que afecta a diversos vasos sin lesionar estructuras vasculares, de pronóstico grave. Manzanares salió a hombros por la Puerta Grande

Enrique Ponce, de grana y oro, estocada atravesada (saludos). En el cuarto, estocada caída (una oreja tras aviso).
Morante de la Puebla, de grana y oro, pinchazo y media trasera y caída (silencio). En el quinto, media estocada atravesada (pitos).
José María Manzanares, de azul marino y oro, estocada (una oreja). En el sexto, estocada contraria (dos orejas).

Carlos Crivell.- Málaga

La terna le salvó a Juan Pedro Domecq la corrida. Como es habitual, la corrida del ganadero jerezano fue un muestrario de mulos, algunos mal presentados por abajo y por arriba. El toro fuera de tipo también está mal presentado. Si además, el comportamiento se acerca más al de los mulos de carretas, la pregunta es ¿por qué las figuras se anuncian con semejantes astados? La respuesta la dio el cuarto, un manso de libro, que en la muleta fue un corderito, que es cierto que se enfrentó a un lidiador experto como Ponce, pero que son reses que dejan estar en su cara a los diestros.

Algunas veces sale alguno que si llevara otro hierro estaríamos hablando de su condición de alimaña. Fue el tercero, un animal que le quiso cortar la temporada a Manzanares y que llegó a cogerlo en la faena. El de Alicante, como si necesitara contratos, se fajó, le bajó la mano y, por momentos, consiguió conducir su embestida con esa compostura única que atesora. No tenía más de tres seguidos. Siempre le buscó los tobillos y lo volteó sin consecuencias. No cabe más emoción ni entrega en un matador con el sello de artista. Y como no mata a los toros, sino que los fulmina, la consecuencia es el triunfo.

El manso sexto, mal presentado, se dejó en la muleta. Manzanares lo entendió bien y de nuevo fue un torero con tanta entrega como clase. La faena fue intensa por momentos, especialmente con la derecha, aunque también algo desigual y con pasajes de toreo rapidillo. Por encima de otras virtudes, Manzanares fue un torero de una entrega absoluta. Mató a la primera, menos bien que de costumbre y el palco se pasó con las dos orejas. Está visto que el palco está blando, como si así se ayudara a la Fiesta en estos momentos delicados.

En la tarde de los bueyes, el más manso fue el cuarto. Fue ese típico animal muy manso y noblón con los engaños. Requería un torero inteligente y tuvo la suerte de caer en las manos de Ponce. El de Chiva lo brindó y lo cuajó con muletazos limpios y suaves a media altura. Faena de estética, justa en el tiempo y rematada con doblones muy toreros. Faltó algo más por la izquierda, pero el manso aguantó lo justo. La estocada caída dio lugar a una oreja más justa que las tres del día anterior.

El mismo Ponce mató al sobrero. El titular fue una raspa, como el sexto, que salió cojitranco. Se resbaló en su cara Alejando Escobar y cometió el error de levantarse antes de tiempo. El toro le dio una cornada que fue calificada de grave. El sobrero fue una calamidad sin clase. Lo tanteó y estuvo en su cara más tiempo del que merecía.

Morante tropezó con dos animales del dudoso género. Para el recuerdo queda su muestrario único de lances a la verónica en ambos, aunque las nueve verónicas y media del quinto quedan esculpidas entre las páginas de oro de la Feria, Será difícil, por no decir imposible, que otro diestro dibuje lances tan inmensos, jugando los brazos y la cintura a compás. Estuvo muy decidido en el primero de su lote, lo enceló con el cuerpo para robarle algunos muletazos sueltos de buen corte. No se podía hacer mucho más.

El quinto, al que exprimió con el capote, fue malo. Se lo quitó de encima con prontitud y la gente se enfadó con el de La Puebla. Es una virtud que ahora casi ha desaparecido. Pocos toreros despiertan la bronca del tendido, sólo aquellos de los que se espera lo máximo. Se olvidó el respetable del capote y de todo. El matador escuchó cómo se acordaban de sus familiares. Hasta para eso hay que ser torero.
 

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