Carlos Crivell.- Antonio Rivera Alvarado ha muerto en Cádiz entre las paredes frías de un hospital. Había cumplido 89 años de edad. Fue un torero frustrado, pero le cupo el honor de ser el padre de una figura como Paquirri y el fundador de una dinastía de lidiadores. Es posible que su muerte para lo que fue su ilusión tenga otra fecha: 26 de septiembre de 1984, el día que su segundo hijo, el torero nacido y criado sus pechos para ser lo que él nunca pudo ser, murió camino de Córdoba tras ser corneado por un toro en Pozoblanco. Es cierto que el patriarca Rivera siguió en el mundo del toro, pero con su hijo Francisco se marchó el motor de su vida.

El destino es inflexible. Antonio había nacido en Barbate el 17 de febrero de 1920. Su padre tenía un negocio de carnicería. Ya desde muy pequeño le arrimaba algunos becerros para que el chaval le diera algunos pases. Quiso ser torero, pero no llegó serlo en plenitud. Ayudado por el matador de toros Pepe Gallardo, se presentó en Madrid el 7 de septiembre de 1941. No debió dejar mal ambiente porque repitió el 29 de marzo de 1942, pero fue el principio del fin. Una novillada muy complicada de Concha y Sierra le cerró el camino de la gloria. Con dos dedos amputados, perdió la alternativa prometida y se quedó soñando lances. Al final, se colocó como conserje del matadero de Barbate.

Antonio Rivera Alvarado se casó con Agustina Pérez, tarifeña, y del matrimonio nacieron cuatro hijos: José, Francisco, Teresa y Antonio. El frustrado torero, una enciclopedia viva de las artes del toreo, se había prometido que alguno de sus hijos llegaría a ser lo que él nunca había alcanzado.

La semilla torera prendió en José y en Francisco. Y fue así porque Antonio se llevaba a sus hijos mayores a algunos viajes, y un día en la finca Tapatana el mayoral lo presentó a los torerillos que buscaban la oportunidad en la tapia de la plaza de tientas. Antonio se embaló, contó sus andanzas por la Fiesta, revivió sus recuerdos, para convertirse en un héroe por unos momentos. José y Francisco le oyeron admirados y al volver a Barbate lo tenían decidido: serían toreros.

Antonio se convirtió en el profesor de hijos. Tenía la escuela de la calle y del toreo en su base. Comentaba siempre que era iguales, pero los que estaban alrededor sabía que José tenía clase, pero que Francisco tenía corazón. El paso del tiempo confirmó estas premisas. Ambos llegaron a ser matadores de toros. José, Riverita, en los carteles, lo dejó pronto. Francisco fue una figura del toreo en toda línea. Llegó a esa meta que su padre Antonio nunca alcanzó.

Fue un permanente consejero para Paquirri, al que, antes torero que padre, siempre le exigió entrega al límite de sus posibilidades. El ambiente familiar era de pobreza extrema, era preciso trabajar y los dos hermanos tenían que levantarse de madrugada para echar una mano. Poco después, el patriarca comenzó a organizar novilladas sin caballos. Después montó una plaza portátil en Barbate. Nunca se sabrá muy bien si todo era para ganarse unas perrillas o porque pensaba que era la mejor forma de forjar a sus hijos en el toreo.

Cuando Riverita y Paquirri fueron toreros de cartel reconocido, pensaron que el mejor homenaje que podían ofrecerle a su padre era hacerlo matador de toros. Se rumoreaba que Riverita sería el padrino y Paquirri, el testigo. Antonio tenía algo más de cincuenta años. Nunca llegó a ser realidad aquel sueño. Antonio jamás volvió a quejarse de no haber alcanzado el grado de matador de toros. El premio de su vida fue que dos hijos de su sangre, y muy especialmente Francisco, llegaron a la cumbre de una Fiesta a la que él le había dado muchas horas a cambio, hasta entonces, de muy pocas cosas. En el trato personal fue un hombre afable y cordial, curtido por la dureza, pero de trato correcto.

Antonio tiene el honor de haber sido el fundador de una dinastía de toreros. De su tronco inicial son José Rivera “Riverita” y Francisco Rivera “Paquirri”. De la línea de Paquirri son toreros en la actualidad Francisco Rivera Ordóñez y Cayetano Rivera Ordóñez. El hijo de Teresa es José Antonio Canales Rivera, también matador de toros. Es la dinastía Rivera que se unió a la de Ordóñez y Dominguín para generar toreros con un caudal inmenso de sangre taurina.

Antonio siguió en el toreo, algo más alejado, pero presente tras la muerta de Paquirri. Su gran ilusión había muerto. La vida, que fue dura para él, le tenía reservadas más tristezas. Se unieron los problemas de una herencia, la imposibilidad de tratar a su nieto Francisco José Pantoja, y todo ello con Agustina, prematuramente desaparecida, en la memoria  y cuyo recuerdo siempre le acompañó. Al menos, sintió al final que su sangre había servido para forjar una dinastía torera, la de los Rivera.

Antonio Rivera Alvarado, torero y fundador de la dinastía Rivera, nació en Barbate el 17 de febrero de 1920 y falleció en Cádiz el 10 de noviembre de 2009.

Foto: Hola

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