Foto: Pepe Morán

Álvaro Pastor Torres.- El acrónimo con el que Rafael Fernández Moreno firmaba sus fotografías taurinas. Genio y figura, maestro, en el más amplio sentido del término. Un señor de los callejones con cátedra en los burladeros de gráficos, ganada cum laude con la experiencia de muchos trienios de profesión. Primero con la bolsa de los trebejos al hombro, y después con el carrito para acarrear tantos trastos fotográficos como fue demandando el oficio. Lidió por igual en las plazas de tronío -donde usaba terno elegante- que en las de talanqueras y garrote, pues antes que cocinero de diafragmas y fijadores fue fraile en el miedo de las fondas allá por la Hispania profundísima a esa hora fatal en las que las manecillas del reloj caminan inexorables a las lorquianas cinco de la tarde y el traje de oros apagados, brillos ajados y ajenas ilusiones marchitas espera frente a ti, inerte en la silla, el fatídico momento de vestirte con el chispeante. Novillero con desigual fortuna en esa España de los cincuenta del siglo XX que llenaba plazas para ver una económica donde rifaban una máquina de coser Singer o 1.000 pesetas. Fotógrafo de plaza y de campo, de actos taurinos y de tentaderos, siempre con los sobres color crema de los 18×24. Su archivo debe atesorar los inicios de muchos de los que hoy están a la cabeza del escalafón, sobre todo Morante de la Puebla o también los de los chavales a los que guió, ayudó, aconsejó y hasta apoderó.

Daba gloria compartir con él burladero. El éxito de la tarde estaba asegurado, si no en el ruedo sí en el caudal de anécdotas que iban brotando de su prodigiosa memoria, unas espontáneas y otras encajadas con los compases de la lidia que se estaba desarrollando a dos metros. Profesionales, aficionados y mediopensionistas nos rifábamos el puesto para estar junto a él esas novilladas de mayo o en la nocturnas del verano. Las sentencias que había escuchado a las gentes del toro con las que convivió (Curro, Salomón Vargas, Antonio Ordoñez…) no tenían apelación posible.

Personaje de una época ya pretérita y finita que a buen seguro probará con el mismísimo San Pedro a las puertas del patio de cuadrillas de la gloria ese disparo tan suyo, tan contrapicado, de mano muy baja, pulso certero y encuadre milagroso cuando ya suena “Plaza de la Maestranza” y no hay marcha atrás posible.

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