La faena de Morante al tercero fue la nota culminante de una corrida marcada por juego desesperante de los toros de Juan Pedro Domecq. En silencio, con la banda en silencio, Morante interpretó una sinfonía de toreo sevillano. Ponce y el joven matador Nazaré pagaron con silencio el juego de los toros artistas. 

Seis toros de Juan Pedro Domcq, el primero lidiado como sobrero por uno devuelto por quedar conmocionado, de pobre presentación, ayunos de raza y mal juego. 

Enrique Ponce: silencio y silencio.

Morante de la Puebla: vuelta tras aviso y silencio.

Antonio Nazaré (alternativa): silencio y palmas.

Plaza de la Real Maestranza, 13ª de abono.  No hay billetes. Nazaré tomó la alternativa con el primero sobrero, llamado Fabricante, nº 121, castaño de 560 kilos.  

Carlos Crivell.- Sevilla

Las maravillas del toreo de Morante despertaron la plaza, que asistía asombrada a una nueva demostración de la mayor falta de casta que pueda imaginarse en un toro de lidia. Naturalmente, toros con el hierro de Juan Pedro Domecq, anunciados contra la opinión popular después del fracaso del pasado año. Si lo de Victorino fue una tomadura de pelo, no hay forma de calificar lo de la corrida de ayer, lidiada con el permiso de la autoridad. Alguien tiene que frenar estos atropellos de toros mal presentados. La de Juan Pedro se ha llevado el premio. Todo con el silencio maestrante, que apenas en un par de ocasiones lanzó alguna voz desde el tendido para recordar que aquello era indigno de la plaza sevillana.

Todos los de Juan Pedro adolecieron de casta brava, derrocharon sosería y hasta desarrollaron problemas. El toro destinado para la alternativa de Antonio Nazaré volvió a los corrales después tumbarse y mostrar signos de una posible lesión cerebral.

El nuevo matador de toros recordará con tristeza la tarde del doctorado. No pudo hacerlo con el astado previsto y mató dos birrias complicadas. El primero desparramó la vista con descaro; el sexto se revolvía en un palmo de terreno y lo atropelló con peligro. Estuvo valiente, entró en quites, hizo lo que podía hacerse en día tan señalado con reses tan desagradables.

Enrique Ponce pasó el trámite ante dos toros muy descastados como siempre: dignidad y poco sentido de la medida. Parece mentira que a sus años reincida en el error de anunciarse en Sevilla con esta ganadería. En su segunda corrida de la Feria no pudo dejar ni un lance o muletazo propio de su categoría torera. Debió cuidar más la lidia de su primer toro, picado de forma lamentable y gravemente mermado en esta suerte.

Y Morante… Su faena al tercero, toro que acabó embistiendo al reclamo de su gracia torera fue un verdadero primor. Tenía las orejas cortadas y marró con la espada.
Todo comenzó con verónicas suaves, elegantes, no muy hondas para no quebrantar al astado. El viento, que molestó casi toda la tarde, le obligó a llevarse al toro cerca de la barrera del tendido 6. Fue encelando al animal con pases buenos sin la necesaria ligazón. Algunos muletazos fueron trozos de gloria pura, como un remate forzado de pecho de difícil explicación.

La sinfonía llegó al natural, ahora con el toro más asentado y viaje más largo, unas veces a compás abierto, otras a pies juntos, siempre con cadencia, naturalidad y un derroche admirable de torería y buen gusto. De frente, dedicado a Manolo Vázquez, esculpió naturales acompañados del eco del «ole» ronco y profundo de la plaza como música de fondo, ya que la banda de Tejera se había declarado en huelga. Faena larga, pero en absoluto pesada o cansina. Fue el milagro de la calidad, que en estos casos pasa de relojes, salvo el del presidente, que ya hay que tener mal gusto para mirar un reloj cuando está toreando Morante. La plaza hirvió de alegría, el de La Puebla se perfiló y no lo mató. Con andares de torero antiguo con el capote al brazo dio la vuelta al ruedo sin ceremonia y con cortas carreras.

Ese tercero llenó la corrida. Morante está, quiere y debe a Sevilla unas cuantas tardes de toreo grande. Basta con que haya un poco de suerte con este ganado miserable que nos toca disfrutar tarde tras tarde. Ya no quedan dudas, Sevilla tiene su torero.

Se esperaba otro golpe de atención en el quinto, pero ese toro era de Juan Pedro, hermano de los que arruinaron la alternativa de un chaval de Dos Hermanas y la toda la corrida.

Foto: Manuel Vasco

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