2 de mayo de 2001. Miércoles. Corrida de toros. Abono.

Seis toros de Victoriano del Río.

Joselito (rosa y oro): saludos tras petición y silencio.
Finito de Córdoba (rioja y oro): silencio y oreja.
Manuel Caballero (grana y oro): silencio y división de opiniones.

Saludó en el sexto José Antonio Carretero. Buena actuación del picador Manuel Muñoz en el quinto. Buena labor de Cruz Vélez. Lluvia intermitente durante toda la corrida.

Carlos Crivell

La corrida se escapaba por los caminos de la vulgaridad y el aburrimiento cuando salió a la plaza el quinto. Todos parecían dormidos en la plaza: toros, toreros y público. Alguien se había metido con el ganadero, porque los toros carecían de vibración. Mal rato para Victoriano del Río.

El quinto era un toro de los que enamoran al buen aficionado. De nombre Disparate. Después de los lances de recibo de Finito, el bello astado derribó al picador Manuel Muñoz, que en un alarde torero le recetó un gran puyazo casi desde el suelo.

Ese quinto sale a la plaza con la luz tibia de la anochecida asomando por los arcos maestrantes. No es de día, viene la noche, la plaza se ilumina con esos focos insuficientes y todo parece penumbra. La luz del toreo de Finito al toro Disparate aclaró la tarde. Toreo de luz intensa en los naturales más perfectos de lo que llevamos de Feria.

Desde la salida del burel hasta que Finito paseó el ruedo con un sombrero cordobés en la mano, la luz de la plaza se había transformado. La noche creció despacio, tan lentamente como hizo el toreo por naturales Juan Serrano.

Fueron dos tandas apenas en las que recogió al animal, lo templó en su arrancada, barrió el albero con la pampa de su muleta y remató por debajo de la pala del pitón. Cada natural justificaba una corrida entera, no cabe más empaque ni buen gusto en un matador de toros.

Muerto el buen toro de Victoriano del Río, el torero paseó el anillo con un sombrero cordobés en la mano. Ya era de noche, ahora las luces tenían más intensidad, tal vez porque no querían dejar a media luz el triunfo de un artista de Córdoba en la Maestranza.

La lidia del quinto fue el epicentro de un festejo que a su mitad parecía liquidado por cansancio. Joselito despertó a todos con su soberbio estoconazo al primero. Lo malo de su faena fue la intermitencia, ahora uno bueno, ahora una paradita, ahora una muleta rota y así sucesivamente.

El aficionado salió preocupado con el talante de Manuel Caballero.

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