Morante soñó algún día de este invierno que podía completar una antología como resumen de toda la historia del toreo. El sueño se hizo realidad en esta tarde primaveral de abril, con un toro pequeño y noble, que fue la piedra de toque esencial para que la plaza vivera ensimismada de principio a fin lo que ya se puede considerar como el compendio de la tauromaquia integral. Se apoyó en las tablas para las largas del saludo, para luego torear a cámara lenta con el capote. La media fue de escándalo. Ya hervían los tendidos. Se presagiaba algo grande. Y tan grande.

Morante pidió los palos para asombro de la afición. El primero, correcto, el segundo, muy bueno; el tercero, sentado en una silla de tijera, al quiebro en honor del Gordito. La tauromaquia añeja de tiempos pasados a escena. La plaza era un clamor sin freno.

Muleta en mano, de nuevo pidió una silla. Apareció el recuerdo de Rafael El Gallo en los ayudados por alto sentado, Una ensoñación, una maravilla que tuvo tanta intensidad que no es fácil contarlo. Ya la plaza estaba en éxtasis. Dos tandas de redondos al ralentí, barriendo el albero con la muleta, otra más con la izquierda, y aún otra perfecta de derechazos. Ya se intuía que tenía el rabo en sus manos. Todo fue prefecto, armónico, sencillamente bello, sin tirones ni carreras, un prodigio de naturalidad y profundidad al mismo tiempo.

El silencio brutal de la plaza con la respiración contenida no fue suficiente para empujar el acero en un primer pinchazo. Luego, media, y después dos descabellos. El torito pequeño, de nobleza infinita, de casta ausente, se echó. Es verdad, si al torero se le juzga según el toro que tiene delante, este prodigio de Morante se realizó con un toro de mínima casta. Pero, ¿quién puede lidiar así un toro en nuestros días? Nadie. Es el milagro de un torero de antología que derramó su esencia por el albero maestrante. Se llegó a pedir de forma inconsecuente la oreja. Dio dos vueltas al ruedo. Y acabó con la corrida. Ya no se podía torear después de Morante.

La corrida de Álvaro Núñez no fue buena, porque le faltó remate y tampoco tuvo casta. Embistió mejor el tercero y ese cuarto con esa nobleza pastueña comentada. El resto careció de vitalidad y empuje, en definitiva, que no tuvo casta brava. Ni que decir tiene que el tercio de varas fue nuevamente simulado.

Morante se estrelló con la inoperancia del primero, soso y deslucido. Un trámite y a esperar al cuarto.

Causó una buena impresión el debutante Víctor Hernández, que no desaprovechó ningún quite, bien por gaoneras o por saltilleras. Su faena al tercero fue un dechado de buena colocación, temple y valor. Hernández torea muy bien al natural, pisa terrenos comprometidos, se cruzó siempre y ligó naturales de categoría. Paseó una oreja de mérito.

Juan Ortega no anduvo muy afortunado. Sorprendió a todos al recibir al tercero a portagayola. Toreó con suficiencia con el capote a la verónica en sus dos toros, quitó por chicuelinas al primero, y se estrelló contra la sosería de su lote. La del segundo fue una faena de derechas, ya que en el único intento con la izquierda estuvo a punto de ser cogido. Hubo prestancia y decoro en los derechazos, pero la faena no cuajó.

Con el quinto, después del terremoto de Morante, apenas pudo enjaretar algún muletazo suelto sin posibilidad. Su tarde fue muy discreta.

Víctor Hernández también sufrió el suceso del cuarto en su toro final. Un animal con poca vida, apagado y de escaso recorrido, con el que de nuevo mostró su toreo de valor y colocación, siempre con la intención de hacerlo bien con la zurda. La estocada fue buena. Ha dejado una grata impresión.

Finalizada la corrida llegó el bochorno. Se tiraron cientos de chavales al ruedo al grito deportivo de ¡José Antonio, Morante de la Puebla! Lo pasearon a ritmo de paso de palio y quisieron abrir la Puerta del Príncipe, algo inaudito e impropio de la Real Maestranza. Esa no es la afición de Sevilla. Morante no debió permitir el asedio a la Puerta, aunque la masa era incontenible. Finalmente, se lo llevaron por la de cuadrillas.

Al margen de una corrida pobre de todo, a pesar de ese número final bochornoso, el capítulo escrito por Morante pasa a la historia del toreo. No se puede torear más, mejor y con tantas tauromaquias en una cabeza. Una antología del mejor torero de todos los tiempos.

Plaza de toros de Sevilla, 16 de abril de 2026. Sexta de abono. No hay billetes. Seis toros de Álvaro Núñez, pobres de presentación en conjunto, escasos de fuerza y casta. Mejores el tercero y el nobilísimo cuarto.

Morante de la Puebla (tabaco y oro). Estocada (silencio).  En el cuarto, pinchazo, media y dos descabellos (dos vueltas al ruedo).

Juan Ortega (oro viejo y oro). estocada caída (saludos). En el quinto, estocada (silencio).

Víctor Hernández (grana y oro). Estocada (una oreja tras aviso). En el sexto, estocada (saludos).

Saludó en las banderillas del Sexto Marcos Prieto, que lidió bien al tercero. Morante salió a hombros por la Puerta de Cuadrillas. Víctor Hernández debutó en Sevilla como matador de toros. Hernández brindó el sexto a Morante.

sevillatoro.es
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