El albaceteño Juan Luis Rodríguez cortó la única oreja de la novillada de abono de Sevilla, donde se lidió una gran mansada de Villamarta que hizo muy premioso y farragoso el festejo. Dámaso González y Calita, simplemente voluntariosos.

Seis novillos de Villamarta, bien presentados, mansos de solemnidad y de juego variado. Se dejaron el primero y el segundo. El resto, huidizos e ilidiables.

Dámaso González: estocada corta y cuatro descabellos (silencio tras aviso) y dos pinchazos y media tendida (silencio).
Juan Luis Rodríguez: pinchazo y estocada (una oreja) y estocada baja (saludos).
Calita: dos pinchazos y estocada caída (silencio) y pinchazo y estocada (palmas).

Plaza de toros de la Real Maestranza, 10 de mayo. Dos tercios de plaza.

Carlos Crivell.- Sevilla

La novillada tuvo dos noticias. De un lado, una novillada muy mansa de Villamarta, pero no mansos corrientes, sino de los que echan a correr y no hay quien los pare. No se recuerda en Sevilla un lote tan manso como el que salió por los chiqueros. A cada manso lidiado le superaba el siguiente, cuando parecía que ya era algo imposible. Esa condición de los astados fue la responsable de un festejo de larga duración. La lidia se convirtió en un afanoso y farragoso asunto, los capotazos a destajo tomaron la plaza y todo fue lento y cansino.

Sólo la intervención de Juan Luis Rodríguez abrió un paréntesis en este espectáculo. Rodríguez fue el protagonista de la segunda noticia. El novillero de Albacete demostró condiciones sobradas para caminar con suficiencia entre los coletudos.

La faena al segundo, novillo aquerenciado en las tablas, pero que al menos obedeció al los engaños del albaceteño, fue un prodigio de conocimientos y buen gusto. Con una buena dosis de valor, acertó a ligar los muletazos con un temple exquisito, de forma que al manso no le quedó más opción que embestir a la muleta. Entre las tandas de toreo fundamental, intercaló adornos bellos y pases de pecho de gran entidad. La impresión fue la de un chaval con evidentes condiciones para esto del toreo.

Lo confirmó en el muy manso quinto. Lo sacó con el capote con sabiduría y temple para rematar con media muy torera. Con el público de su parte, Rodríguez se estrelló contra el muro de un novillo que huía siempre. A pesar de ello, anduvo torero y nunca le llegó el agua al cuello.

Dámaso González pasó por Sevilla sin dejar ninguna huella. Con el que abrió plaza no se centró, movió muchos las zapatillas y no se percató de que el animal tenía faena. El cuarto fue un sobrero del mismo hierro. El titular recibió una lidia espantosa y se derrumbó. El sobrero fue otro gran manso. Dámaso demostró ahora algún oficio con un marcado estilo campero, pero realmente no fue suficiente tarjeta de presentación en su debut sevillano. Es algo muy corriente. Estos hijos de toreros famosos tienen más facilidades para torear. En general, casi ninguno alcanza el nivel medio para llegar a destacar. Y los padres, padres al fin y al cabo, parecen como si tuvieran una venda que les impidiera ver la cruda realidad y sufren en los callejones. Si no fueran sus hijos, seguro que sabrían aconsejarles sobre cuál debería ser el camino a seguir.

Entre tanto manso, Calita se llevó el lote de condición más lamentable. El tercero se rajó de salida y no permitió más que algunos pases sueltos sin posibilidad de ligazón. El sexto, un burraco que merecía los honores de una carrera rociera, más de lo mismo. El mexicano se fue a las tablas a dejar patente sus ganas para robar pases de imposible calidad a un animal que añoraba la dehesa. Aún así, Calita debió mostrar una cara más firme.

En definitiva, casi tres horas en un desfile de mansos de Villamarta con la nota agradable del triunfo de un chaval llamado simplemente Juan Luis Rodríguez.

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