Alamo_Madrid17Antonio Lorca.- En esto de los toros, el tamaño no es importante. Muchos aficionados prestan una atención desmesurada a la estampa y las carnes, y resulta que todo, lo bueno y lo malo, va en las entrañas. La corrida de Pedraza de Yeltes, por ejemplo, fue pesada -cuatro toros en el entorno de los 600 kilos-, y lo que llevaban dentro no era más que toneladas de mansedumbre y sosería.

La corrida de la Asociación de la Prensa -con la expectación bajo mínimos por un cartel con escasos atractivos y la ausencia del Rey, habitual en este festejo- fue un pestiño. Menos mal que don Felipe no vino, porque hubiera acabado molido de aburrimiento, lo que pudiera servir de excusa, quién sabe, para aplazar sus ya escasas visitas a una plaza de toros.

En fin, que los toros anunciados darán mucho de sí en las carnicerías especializadas, pero fracasaron con estrépito en la misión más importante de sus vidas: dar prestigio y lustre a la casa que los acogió, demostrar que son de buena familia y colaborar al triunfo de la fiesta, que pasa, necesariamente, por un dechado de encastada nobleza y toreros en racha.

Pues nada de lo dicho ocurrió. Los toros estaban bien alimentados, pertenecían a reatas de padres y madres largos, de bella presencia y prestancia, pero ni gotas de bravura, ni un barniz de casta, ni un compás de fiereza. Solo el tercero, al que Juan del Álamo le cortó una discutible oreja, se movió más que los demás, desarrolló nobleza y permitió que la plaza disfrutara de unos instantes de espejismo torero. El resto, basura, animales para el matadero, -ninguno destacó en el caballo- y llegaron al tercio final con una infinita tristeza, sin recorrido, sin gracia ni codicia, con andares cansinos y fervientes deseos de que acabara cuanto ante su desesperante misión en la tierra.

¿Y los toreros? Justificados podrían estar con tales oponentes, pero en feria tan importante como esta se les debe exigir una especial puesta en escena, una disposición, unas maneras.

Las tuvo, y se la premiaron, Juan del Álamo, aunque el trofeo que paseó supo a poco. Lo mereció, quizá, porque consiguió levantar los ánimos de los alicaídos tendidos y porque trazó una tanda de redondos preñada de temple y buen gusto, pero llegó al final de una faena en la que hubo más cantidad que calidad, más acompañamiento que mando, más celeridad que hondura. Ligazón, sí, pero no basta hilvanar los pases para hacer el toreo. Como suele ocurrir cada tarde, alargó la faena innecesariamente y acabó con las ya tradicionales y diarias bernardinas que no añadieron nada a su menguada labor. Con ese toro dibujó un par de buenas verónicas y alguna otra sobresalió al recibir al quinto.

Este otro animal pertenecía al batallón de los sosos y mansos, embestía con la cara alta y sin clase alguna y se rajó pronto. Habría que preguntarle al torero por qué lo brindó al público.

Pocas opciones tuvieron Escribano y Leal. El primero recibió a sus dos toros de rodillas en los medios; al primero consiguió darle una larga cambiada, pero el otro lo miró, se dio media vuelta y enfiló de nuevo el camino de los corrales, volvió a mirarlo y pasó del torero. Mientras tanto, allí seguía arrodillado el torero, aguantando el mal trago. Banderilleó de forma muy deficiente, siempre a toro pasado, su labor resultó muy insípida porque sus oponentes así lo decidieron y mató de una buena estocada al primero.

Leal se metió literalmente entre los pitones en las postrimerías de su labor ante el sexto, y arrancó una ovación a su valor. También se jaleó su comienzo muleteril de rodillas ante ese mismo toro, y no hubo más. Su lote no sirvió, pero el torero no puso mucho empeño en que de él se opinara lo contrario. Está muy poco placeado, su toreo es muy superficial y se salvó por milímetros de la cornada cuando citó a su primero con el cartucho de pescao y vació la embestida con un pase cambiado por la espalda.

Toros de Pedraza de Yeltes, bien presentados, mansos, sosos y descastados. El tercero, noble y con movilidad.

Manuel Escribano: buena estocada (palmas); pinchazo, bajonazo y dos descabellos (silencio).

Juan del Álamo: estocada caída _aviso_ (oreja); estocada tendida (silencio).

Juan Leal, que confirmó la alternativa: dos pinchazos, estocada _aviso_ (silencio); pinchazo y estocada (saludos).

Plaza de Las Ventas. 17 de mayo. Duodécima corrida de feria, organizada por la Asociación de la Prensa. Algo más de media plaza.

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