Salvador Vega salvó un espectáculo lamentable en la 11ª de Málaga por culpa de los toros que fueron muy descastados. Ponce y Talavante no pudieon hacer nada destacado. Vega cortó una oreja que pudieron ser hasta dos.

Santiago Domecq / Enrique Ponce, Salvador Vega y Alejandro Talavante

Plaza de Málaga, 11ª de Feria. Dos tercios de plaza. Seis toros de Santiago Domecq, el segundo lidiado como sobrero, desiguales de presencia, justos de raza y de fuerzas.
Enrique Ponce, grana y oro, pinchazo y estocada caída (silencio).En el cuarto, estocada baja (silencio).
Salvador Vega, blanco y oro, estocada tendida (una oreja). En el quinto, media desprendida (vuelta al ruedo).
Alejandro Talavante, verde y oro, pinchazo hondo y dos descabellos (silencio). En el sexto, tres pinchazos y tres descabellos (silencio tras aviso).

Carlos Crivell.- Málaga

Fue un ejemplo meridiano de lo que no debe ser una corrida de toros. En momentos tan delicados para el toreo, en plena Feria de Málaga lograron, entre todos, desesperar al público. Todos los participantes, dejando a un lado a Salvador Vega, pusieron su granito de arena para conseguir un espectáculo que no puede atraer a los públicos.

El ganadero, porque sus toros fueron un lote de animales descastados. Se salvó el fiero quinto, que desarrolló genio, algo que no es bueno, pero que al menos llevó la emoción al tendido. No puede contentarse con un toro con más genio que bravura cuando al lado se lidiaron reses sin fuerzas, sin bríos, muchas de ellas echándose sobre el albero absolutamente desfondadas a mitad de la faena. Como ejemplos extremos, el tercero, animal inválido que se lidió entre las protestas populares con el consentimiento del palco. En el lado positivo, la presentación de cuarto, quinto y sexto, bien rematados y cuajados.

El palco… Admitió algunos toros sin remate, aunque es cierto que en la corrida hubo reses bien presentadas. En un ejercicio de difícil comprensión mantuvo en la plaza al citado tercero sin que se entiendan los motivos, lo que le valió una sonora bronca. Ildefonso Dell´Olmo ha completado una feria para que se piense con seriedad si merece la pena seguir subiendo al palco. Su obligación era defender al público, la invalidez era manifiesta, pero se cerró en banda a sabiendas de que el toro no tenía posibilidades de mantenerse en la muleta, como así sucedió.

La empresa, en fin, todos los días con problemas en los corrales, nuevamente presentó una corrida muy desigual. Su despedida de La Malagueta no es airosa, sobre todo cuando parte del público gritaba a coro lo que “manos arriba, esto es un atraco”.

Y de los toreros, Enrique Ponce, la figura respetable del cartel, por tanto el que debería haber exigido una corrida bien presentada, y con casta. La presencia de los tres primeros no tiene justificación.

Enrique Ponce pasó por su segunda tarde malagueña sin dejar ninguna huella. Lanceó con la marcha atrás al primero, animalito soso y chico, al que le dio pases a media altura sin que se inmutara nadie en la plaza. Casi lo mismo en el cuarto, toro de importante arboladura que llevó siempre la cara alta y que acabó tumbado sobre el albero. La faena fue un simulacro.

Quien salvó de forma brillante su tarde fue Salvador Vega. El malagueño estuvo decidido en todo momento, ya cuando intervino en quites muy conseguidos, ya cuando se fajó con dos toros de distinta condición en el centro del ruedo.

El segundo era sosito y doblón. Si hubo faena lucida fue porque Vega le robó pases por ambos pitones con una entrega encomiable. Como mantiene su buen corte de torero, y el público estuvo de su parte, cuando mató de forma habilidosa de una entera paseó una oreja algo benévola, aunque no más que las que cortaron El Juli o Luque en días pasados.

El momento de mayor intensidad emocional se vivió en la lidia del quinto, un toro que se picó poco y llegó con genio malo a la muleta. Salvador se fajó de verdad, se quedó quieto para ligar los pases, se la jugó en una palabra, algo que no todo el público llegó a captar. En una de sus tarascadas se llevó entre los pitones la faja del torero. Mató de media estocada y sólo unos cuantos pidieron la oreja. Por encima de trofeos, Vega dejó la impresión de que tiene cuerda para seguir en la lucha.

Talavante mató dos toros en La Malagueta. Uno era inválido, maldita la culpa que tiene el torero; el otro era un manso completo que huyó de la muleta como alma que lleva el diablo. Por una cosa u otra, es como si no hubiera estado en la plaza. El traje de torear se lo puede poner hoy mismo sin limpiarlo.

Vega salvó un espectáculo en el que quienes tenían la obligación de mostrarlo como emocionante y atractivo se encargaron de hundirlo para que fuera algo espantoso. Todos pusieron de su parte para que la gente saliera desesperada de la plaza. Así no se promociona la Fiesta.

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