Peris223Luis Carlos Peris.– Hacía mucho tiempo, quizá siglos, que no veía una nocturna en la Maestranza y he de confesar que en mi reaparición del jueves me llevé una sorpresa considerable. Pude comprobar que parecía una plaza bien distinta a la que frecuento, con un público con muy poco que ver del habitual. Quizá no fuera el público sino su comportamiento, más en la línea de plazas bullangueras y, por supuesto, menos riguroso a la hora de enjuiciar lo que pasaba allí abajo. Por ejemplo, palmoteos sin venir a cuento, tal como ocurría cuando el novillo derribaba al caballo o el acompañamiento de risotadas cuando un banderillero tomaba el olivo para evitar el apuro. No sé si era por la hora o por los precios y tampoco sabría decir si eso es malo o es el imprescindible peaje que hay que pagar para que nuevas levas de incipientes aficionados que tanta falta hacen acudan a la plaza.

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