A los siete años de aquella histórica tarde del 10 de mayo de 2019, Pablo Aguado ha vuelto a salir a hombros por la Puerta del Príncipe y de nuevo con una corrida de Jandilla. La tarde del sevillano ha sido pletórica, segura, relajada, inspirada por momentos, propia de un espada asolerado con unas muñecas de oro y una sensibilidad diferente. La Puerta del Príncipe tiene un matiz cuestionable, porque la oreja del sexto llegó después marrar con descabello. Fue una lástima, pero fue la dura y cruel realidad. En Sevilla no se debe cortar una oreja después de tres descabellos. La plaza la pidió, no tanto la oreja, sino que solicitó la salida a hombros. El prestigio de la Maestranza quedó en entredicho y a ello contribuyó un presidente dubitativo, que puede ampararse en la petición mayoritaria, pero que debe velar por la plaza. Y no tuvo arrestos para aguantar. Del triunfo de Pablo Aguado nos alegramos los aficionados, porque fue el de un torero lleno de clasicismo y pureza. Es verdad que merecía la Puerta del Príncipe, pero no hubo colofón con la espada en el sexto. A todos nos dolió el fallo con el descabello, pero así de dura es esta fiesta.
La corrida de Jandilla tuvo muchas virtudes con la nota de movilidad. Hubo nobleza, casta, algún manso rajado, mucha variedad, pero una corrida de muchas orejas, como queda claramente expresado en las cinco cortadas, algunas de ellas logradas con pocos méritos.
Hay que contar cómo estuvo Pablo Aguado y olvidarse de la pena honda del fallo con la espada, que fue su único lunar en una jornada gloriosa. Porque Pablo bordó el toreo a la verónica en sus dos toros, despacio, con el alma en los dedos, con lances llenos de cadencia. Ya había marcado su estado de gracia en unas chicuelinas primorosas al segundo. El tercero voló por los aires en un quite de Emilio de Justo. El cacereño desistió y pidió perdón. El toro quedó como la seda, justo de fuerzas, pero con fondo para embestir a una muleta mostrada con sutileza, templada en el cenit de muletazo y airosa en la despedida. Con soberana nobleza, el de Jandilla se abría al final para volver sus pasos a una franela que lo esperaba con elegancia, prestancia y empaque. Y, por encima de todo, la naturalidad. Las tres tandas con la diestra fueron coreadas con clamor por una plaza que aún se exaltó más en los adornos, unas veces la trincherilla, otras el kikirikí, otras el de pecho solemne. En una solitaria tanda con la izquierda, el animal se defendió, pero Pablo lo resolvió con un molinete y uno de pecho glorioso, un compendio de pura sevillanía. La plaza era un hervidero cuando enterró la espada y las dos orejas fueron a sus manos.
Ya se sabe que después de dos orejas, la plaza empuja a los toreros para que corten la que les falta para la Puerta del Príncipe. El que empujó fue el torero en otra faena de fulgores estéticos admirables, muletazos a media altura de limpieza inmaculada, adornos con toda la sevillanía del mundo. La plaza vibró, era otra faena de dos orejas. Luego llegó lo de la espada, la estocada sin muerte, los tres descabellos y el toro que agotado se tumbó tras un aviso. La gente no pidió la oreja, pidió la Puerta del Príncipe. Y salió a hombros.
Emilio de Justo fue cogido cuando recibía al hilo de las tablas al primero. Se libró de milagro. La bondad del Jandilla la aprovechó el extremeño en una faena justa sobre la izquierda, no muy ligada, de pocos pases en cada tanda, pero muy bien reunidos. Faena valiosa para abrir la tarde, que tuvo el remate de una estocada algo trasera. Ya el público marcó ya su generosidad al pedir la oreja, que fue concedida por la mayoritaria petición.
El cuarto embistió en dos tandas y se rajó en la tercera. Emilio quería rematar a lo grande la tarde y lo recibió a portagayola y lo llevó al caballo en un galleo por chicuelinas. El toro empujó con genio; luego se rajó. De Justo trazó derechazos buenos hasta que el animal comenzó la retirada.
Roca Rey le cortó una oreja a un gran toro, el jabonero lidiado en quinto lugar. Hasta ese momento, el peruano parecía poco comprometido con la corrida. No hizo ni un solo quite de los que acostumbra todas las tardes. Aguado le enseñó la calidad del toro en un quite y Roca se puso de rodillas para pasárselo por la espalda, torear en redondo e incluso llegó a instrumentar una arrucina en tan incómoda postura. La plaza reaccionó con entrega. El toreo con la derecha con algún que otro trallazo, fue poderoso, pero no llegó a la excelencia del llamado Campechano. Con la izquierda se embarulló, en vista de lo cual se arrimó con los circulares invertidos de rigor, por cierto, tímidamente pitados por una parte de la plaza. Lo mató de una estocada desprendida y cortó una oreja también de una generosidad extrema.
Con el primero de su lote anduvo más espeso con el viento como invitado incómodo. Lo intentó por abajo, el toro echó la cara arriba y le enganchó la franela. Faena sin historia.
La corrida quedó marcada por una actuación señorial de Pablo Aguado, que, si bien mereció la Puerta del Príncipe, cortó una oreja en el sexto que nunca debió llegar a sus manos. Es un curioso aserto, porque había méritos sobrados, el público salió toreando por las calles, hasta que llegó el fatídico momento de la espada. Como susle suceder en estos tiempos, el ruedo se llenó de jóvenes que auparon al torero y se lo llevaron hasta el hotel.
Plaza de toros de Sevilla, 26 de septiembre de 2026. 3ª de San Miguel. No hay billetes. Seis toros de Jandilla, correctos de presentación y buen juego en general, con especial mención para tercero y quinto.
Emilio de Justo, de verde y oro. Estocada trasera (una oreja). En el cuarto, estocada trasera y tendida (saludos).
Roca Rey, de tabaco y oro. Estocada desprendida (silencio). En el quinto, estocada desprendida (una oreja).
Pablo Aguado, de verde mar y oro. Estocada (dos orejas). En el sexto, estocada atravesada y tres descabellos (una oreja tras aviso).
Pablo Aguado salió a hombros por la Puerta del Príncipe. Saludaron en banderillas Agustín de Espartinas, Fernando Sánchez e Iván García. De Justo brindó el primero a Pablo Aguado.




Nacido en Sevilla en el barrio del Arenal, en la calle Pastor y Landero, frente a la Maestranza. Aficionado a los toros desde su infancia gracias al ejemplo paterno, un viejo amante de la fiesta que vio torear a Guerrita. Abonado de la Real Maestranza desde pequeño.