Luis Carlos Peris.– Nunca la plaza de Sevilla fue tan cariñosa en una despedida. Al menos, en una despedida que vieran estos ojos que ha de comerse la tierra. Desde la apoteósica ovación de entrada hasta el regalo de una oreja, pasando por la desmesura musical para amenizar una faena de medio pelo, nunca Sevilla había despedido a un torero con el calor y el cariño con que le dijo adiós a ese héroe llamado Juan José Padilla. Cierto es que el jerezano se hizo un hueco en el corazón de los aficionados cuando aquel terrorífico percance de Zaragoza y que desde ahí sólo recibió cariño, pero he visto muchas despedidas en la Maestranza y ninguna tan afectuosa. Ni siquiera aquellas de Diego Puerta o de Manolo Vázquez en sendos días del Pilar fueron como la que antier disfrutó Padilla en el primer templo a Tauro. Tan cálida que no parecía La Maestranza, sino una plaza de talanqueras.

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